Mostrando entradas con la etiqueta Distrito Federal. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Distrito Federal. Mostrar todas las entradas

martes, marzo 08, 2016

Del DF a la Ciudad de México


Nubarrones en el escenario.


La Reforma política para el Distrito Federal aprobada el pasado 15 de diciembre de 2015 presenta una importante y necesaria oportunidad para repensar la Ciudad, para transformarla estructuralmente en un proyecto dinámico a largo plazo, resultante de una idea de Ciudad más o menos clara y lo más consensuada posible. El momento para tratar de incidir en este ejercicio es idóneo, toda vez que están por definirse los miembros de la Asamblea Constituyente para la elaboración del marco jurídico de la Ciudad de México; nuestra Constitución. Éste, es el primero de una serie de artículos en Nomos político, en los que se expondrán algunas críticas al proceso que estamos viviendo, pero también propuestas, ideas o cuestionamientos, que creemos vale la pena compartir. El primer paso es conocer el escenario.

¿Qué cambios supone la transformación de DF a Ciudad de México? Además del cambio de nombre, de convertirse en una entidad federativa y de tener nuestra propia Constitución –la cual deberá ser aprobada a más tardar el 31 de enero de 2017- la Asamblea legislativa se transformará en Congreso local, las delegaciones se transformarán en alcaldías y se gobernarán por el alcalde y concejales; se concretará la autonomía en lo referente al nombramiento del Jefe de Policía y del Procurador de Justicia; con esto la Ciudad de México ya no se gobernará por órganos de gobierno, sino por tres poderes como el resto de las entidades federativas. Otro aspecto importante será la autonomía presupuestaria y la capacidad que tendrá de establecer el techo del endeudamiento.

Este cambio en la administración ya presenta posibilidades, pero también algunos peligros de los cuales debemos estar atentos; peligros no per se, sino provenientes tanto del sistema de partidos, como del oportunismo político. Por un lado, es altamente probable que ya exista una Constitución acordada entre los partidos políticos o al menos entre algunos de ellos a fin de proteger sus intereses, y ya que serán éstos los que dominen la Asamblea Constituyente, la ciudadanía debe estar muy pendiente de su proceso de construcción. Por otro lado, los partidos políticos dominarán la Asamblea, y es que la democratización en México es en el mejor de los casos alternancia en el poder o bien, una simple partidocracia, en la que el sistema trabaja para resolver los problemas de ella o incrementar sus ganancias. La estructura de la Asamblea Constituyente parece una expresión más de ello, pues de los 100 diputados constituyentes, 60 serán electos por representación proporcional el día 5 de junio, 28 serán electos dentro del Poder Legislativo (14 Senadores y 14 Diputados) y 12 designados por el Ejecutivo federal y local (6 por el Presidente y 6 por el Jefe de Gobierno). Ahora bien, existe la posibilidad de los candidatos independientes –como representantes de la Sociedad Civil- pero para que éstos puedan ser electos deben estar en las listas de candidatos de alguno de los partidos políticos, es decir, la independencia es limitada y muy probablemente el peso que puedan tener en la construcción de la Constitución de la Ciudad de México, también. En la lógica parlamentaria, los grupos pesan más que los individuos.

Vinculado al punto anterior, es que existe el peligro de que la sociedad civil no sólo quede limitada en la construcción de la Constitución, sino de que se limite una vez más su capacidad de acción y de incidir en la elaboración de políticas públicas. La composición de la Asamblea Constituyente ya demuestra el dominio de la clase política sobre la sociedad civil, pero no sólo eso, los partidos dominantes en el sistema político han demostrado poco interés en el fortalecimiento de ella, en la participación ciudadana. El vínculo que han establecido el PAN, el PRI, el PRD y Morena con la sociedad civil, ha sido clientelar, no buscando su fortalecimiento, su desarrollo como actor político, ni su integración en todo el proceso de las políticas públicas. Los gobiernos perredistas desde Cuauhtémoc Cárdenas hasta Miguel Ángel Mancera –y particularmente- de Andrés Manuel López Obrador, han cooptado, debilitado o desarticulado movimientos sociales y organizaciones ciudadanas, bajo la premisa de que ya no son necesarios dada la naturaleza de izquierda del gobierno capitalino. Esto ni es verdad, ni tiene por qué ser así; la participación ciudadana no sólo es más importante que la administración de izquierda (o derecha o centro o…) sino que es indispensable. La Constitución de la Ciudad de México debe garantizar y ampliar mecanismos para la participación ciudadana. Lo que requiere, debemos tenerlo claro, un gran compromiso de nuestra parte.

Por último, en esta breve reflexión, quisiera advertir sobre el peligro de la fragmentación de la Ciudad en 16 alcaldías desarticuladas. Si bien es cierto que la Ciudad de México no será un estado como tal y que las delegaciones no serán municipios sino un híbrido entre éstos y aquéllas, quedando algunas tareas –como la seguridad- a cargo del gobierno central, también lo es que la definición misma de los alcances y límites de las alcaldías, así como de su contrapeso –los concejales, 10 ó 15 por cada alcaldía- está por establecerse en la Asamblea Constituyente. Lo que se debe cuidar, es la total desvinculación de las alcaldías de un proyecto de Ciudad, abriendo la posibilidad de que los alcaldes sean sensibles a presiones locales, tanto de empresarios como de distintos grupos u organizaciones; sin mencionar la falta de articulación en el desarrollo urbano o el ordenamiento territorial. Al respecto ahondaré en la segunda entrega de esta serie, cuando hable sobre las posibilidades que presenta este camino hacia la Ciudad de México.


viernes, enero 13, 2012

Las candidaturas ciudadanas “patito”


Por Amando Basurto
En México, los últimos reacomodos en las “pre-campañas” han sido no solamente vertiginosos sino incluso sorpresivos. Después de ver la manera tan cívica en la que Marcelo Ebrard concedió la candidatura ante la popularidad de Andrés Manuel López Obrador y en la que Manlio Flavio Beltrones se retiró para dejarle el camino libre a Enrique Peña Nieto, parecía que la disciplina y el claro perfil partidista de los candidatos sería la principal característica de las elecciones. Incluso los panistas, a pesar del boxeo de sombra y el intento de madruguete, parecen haber encontrado la manera de competir sin llevarse al partido entero entre las patas. En ninguno de estos casos están en duda las credenciales partidistas de los aspirantes. Sin embargo, los últimos cambios en las pre-candidaturas para jefe de gobierno del Distrito Federal modifican las cosas, aunque sea un poco.

En el caso del Partido de la Revolución Democrática, las dimisiones han sido radicalmente opuestas en sus formas y contenidos políticos. Por un lado, Mario Delgado abandonó la competencia sin sumarse ni declinar a favor de otro candidato; recodemos que la declaración de su renuncia fue sencilla, muy directa, y sin aspavientos. Sin tonos derrotistas, Delgado se reconocía simplemente como un no-favorito. En contraste, el Senador Carlos Navarrete declinó en una ceremonia festiva, casi triunfalista, en la que le levantó la mano a Alejandra Barrales. La intención es, obviamente, sumar fuerzas y contrapesar la cargada que apoya a Miguel Ángel Mancera. Y no es que Mancera represente a una tribu opuesta; exactamente lo contrario: es un incondicional de Ebrard que no milita en el PRD y que no ha militado en ningún otro partido. Su alto perfil técnico y su bajo perfil partidista parecen representarle una importante ventaja.

Algo parecido, que no igual, sucedió en la designación de la señora Isabel Miranda de Wallace como candidata por el Partido Acción Nacional para la jefatura del Distrito Federal. Hay que recordar que el PAN ha criticado la manera en que los candidatos a la presidencia del PRI y PRD son “únicos” y “designados desde la cúpula;” a diferencia de la “gran competencia democrática” en la que participan Santiago Creel, Ernesto Cordero y Josefina Vázquez Mota. Evidentemente los jalones de pelo y las bofetadas poco amistosas entre estos influyó en la drástica decisión tomada en el caso del Distrito Federal. Dejar a jóvenes promesas políticas del partido como Gabriela Cuevas, Mariana Gómez del Campo y Carlos Orvañanos como el chinito –nomás milando– no ha de haber sido fácil pero tal vez necesario. Si, necesario no sólo para evitar mayor desgaste en el partido como consecuencia de la “competencia democrática” sino también para enlistar como candidata a alguien que tenga un perfil más “ciudadano” que “partidista”. ¿Qué aceptaron los pre-candidatos en la negociación? Sólo lo sabremos si la Señora Miranda gana la jefatura.

De manera tal que si el candidato termina siendo Miguel Ángel Mancera, tendremos al PRD y al PAN presentando candidaturas ciudadanas “patito.” El ejercicio será, por decir lo menos, interesante. Si alguno de los dos ganase la elección podríamos ser testigos de una de dos: podemos soñar con que el carácter ciudadano del nuevo jefe de gobierno modificase los patrones clientelares de los partidos (por lo menos en el D.F.), y posiblemente sería un sueño frustrado porque muy probablemente presenciemos el poder que tienen los partidos políticos para corromper tan falsa “ciudadanización” de sus candidaturas. Sea cual sea el caso, las ventajas de Miranda y Mancera son a la vez el talón de Aquiles del PAN y el PRD: un deseo de mayor ciudadanización y menos partidocracia.