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lunes, octubre 10, 2016

Apuntes sobre el segundo debate

Por Amando Basurto –

No me extrañaría que, debido al tono y políticas propuestas, los debates presidenciales  entre Hillary Clinton y Donald Trump sean de los más vistos en la historia. Ya sea por interés o morbo, gente alrededor del mundo ha estado al pendiente ya sea de su transmisión o de los resultados. No es seguro que los debates tengan un relevante impacto sobre las preferencias electorales, sin embargo los ataques mediáticos alrededor de los debates parece tendrán una mayor influencia no sólo sobre la percepción de los electores sino sobre las bases de apoyo partidistas de los candidatos. Aquí les presento 3 puntos sobre el debate que me parece relevante tener en cuenta.

1. Más allá de los rounds de ataques mutuos, Donald Trump mostró no estar preparado para un debate así (y mucho menos para ser presidente). Trump ha practicado durante más de un año un discurso mediocre que está cimentado sobre generalizaciones infundadas y el abuso de adjetivos que le impiden hablar de un solo tema de manera directa y concisa; por ello no respondió a la mayoría de las preguntas que se le hicieron durante el debate de ayer. Eso no significa que le haya ido mal en la percepción de su desempeño en el debate; la popularidad de Trump prueba que a muchos estadounidenses les importa poco que su discurso sea difuso y falto de propuestas precisas (a pesar de que a muchos de nosotros nos sorprenda que alguien pueda sobrevivir un debate sin contestar puntualmente ninguno de los temas que allí se trataron), lo que parece importar es que Trump adorne con “carácter” y “decisión” sus promesas de atacar y cambiar el status quo. La crisis en el partido republicano ha llevado a presentar una dupla de candidatos radicalmente opuesta a la de 2008, aquella en que un senador con gran experiencia política (John McCain) lideraba una propuesta secundada por una gobernadora (Sarah Palin) cuya retórica se concentraba en embestir contra el status quo. En aquel entonces la ignorancia de Palin era contrapesada con el sentido común de McCain, no creo que Mike Pence tenga ni la capacidad ni el interés de compensar por la falta de preparación de Trump.

2. Por su parte Hillary Clinton y su equipo de campaña parecen haber optado por una estrategia que evite parecer que están a la defensiva. De tal manera que Clinton se preocupó, tal vez de más, por guardar la compostura y no responder asertivamente los ataques de su oponente. No es una casualidad que desde el inicio del debate Clinton citara de nuevo a su “amiga” Michelle Obama diciendo “when they go low, we go high”; es obvio que ese es el tono que han decidido guardar en los debates (mientras los mensajes mediáticos de la campaña y la filtración de información van en sentido opuesto, lo cual ayuda a la percepción que muchos tienen de que Hillary Clinton no es honesta sino doble-cara). Sin embargo, el mensaje mesurado de Clinton parece denotar una combinación de debilidad y condescendencia dirigido más a no perder el apoyo de sus seguidores que a buscar el apoyo de quienes se dicen indecisos. Esto significó, por ejemplo, perder la oportunidad de enfatizar el tono dictatorial/autoritario que tienen no sólo la propuesta que hace Trump de forzar a los países de origen a recibir a sus nacionales deportados desde los Estados Unidos sino, también, la advertencia que hace de llevar a cabo una investigación especial para encarcelar a Hillary Clinton una vez que él tome posesión de la presidencia.

3. Los “periodicazos” contra Trump sobre la evasión de impuestos federales y sobre las expresiones que muestran lo soez del tono de su relación con y el trato a las mujeres en general le hicieron mucho daño a la campaña en general pero, especialmente, a este debate. Trump y su equipo de campaña fueron incapaces de desviar la atención hacia los escándalos de acoso sexual de William Clinton y por ello erraron en infligir mayor daño a la campaña de Hillary. Esto fue evidentemente un error de “timing” mediático. Donald Trump ya había advertido muchas veces en público que su campaña hablaría y enfatizaría el maltrato a las mujeres del que se acusa a Bill Clinton tratando de caracterizar a Hillary como su cómplice, pero nunca encontraron un momento oportuno para hacerlo y, antes de que sucediera, el video con el audio en el que Trump tiene una “conversación entre hombres” (locker-room talk) fue filtrado a los medios. Esto desencadenó una reacción tardía por parte de los estrategas republicanos: primero lanzando un mensaje de disculpa muy tarde por la noche y, después, organizando el evento con mujeres presuntamente acosadas por Bill Clinton sólo unas horas antes del debate y con un efecto mediático disminuido (que además no parece va a ser contestado por parte de la campaña de Clinton).

A mi parecer, en su recta final ambas campañas podrían acabar por alejar al electorado más que por aumentar su capacidad de movilización. El nivel de abstencionismo del próximo 8 de noviembre nos dirá si esto es cierto.


Amando Basurto Salazar

Doctor en Política por la New School for Social Research, N.Y. y Maestro en Estudios en Relaciones Internacionales por la Universidad Nacional Autónoma de México @amandobasurto

miércoles, septiembre 28, 2016

El detalle está en los pormenores del debate

Por Amando Basurto–

Y llovieron los comentarios tras el debate entre los candidatos presidenciales Donald Trump y Hillary R. Clinton. La mayoría se concentró en juzgar quién ganó, cómo el debate cambiaba las condiciones de la carrera electoral, si el valor del peso mexicano respondió como se esperaba, si alguno o los dos candidatos tienen talante y aplomo presidencial, etcétera. Especial atención se puso, en México, al hecho que el primer país que Trump mencionó en el debate –casi inmediatamente– fue precisamente el nuestro. Y es cierto, es importante tener una idea del posible impacto político del debate (aunque en verdad se exagera cuando se cree que los debates influyen relevantemente en las preferencias) en relación no sólo con proceso electoral sino, también, con el futuro de la política exterior estadounidense.

Es en los detalles del discurso de los candidatos que encontramos señales sobre lo interesante o lo insensato de sus proyectos. Aquí les presento una lista de tres detalles del debate llevado acabo el pasado lunes que pueden ver de nuevo aquí:

1. Donald Trump indicó que va a repatriar (o evitar la fuga) de compañías a travez de imponer un arancel que haga muy costoso producir fuera de los Estados Unidos e introducir dichos productos en el mercado estadounidense. Hay quienes han calificado esta política como “proteccionista”, pero no lo es en estricto sentido. Repatriar una compañía o todo un sector industrial a travez del uso punitivo de aranceles no significa protegerles sino obligarles, no es pues una propuesta proteccionista sino disciplinario-mercantilista. Ya que el objetivo no es proteger a un sector productivo sino obligar a producir dentro del territorio estadounidense (posiblemente con mano de obra estadounidense) sería necesario asegurarse de que esta opción implique costos de producción menores al costo que representa el pago del arancel y por lo tanto una muy poco probable reducción del precio de mano de obra en los Estados Unidos. El plan de Trump podría difícilmente crear empleos, y si lo hace serían mal pagados y de mala calidad muy probablemente. Cabe señalar que el candidato republicano es muy claro en su propuesta “we have to stop them [las compañías] from leaving”; es decir, su proyecto pretende alinear al sector privado (por lo menos una parte) bajo un a política pública de repatriación industrial. No han a estar felices muchos empresarios.

2. Hillary Clinton camina sobre una línea muy delgada cuando se refiere al problema de racismo en los Estados Unidos y su expresión en abuso policiaco que sistemáticamente sufren las comunidades afroamericanas e hispanas en buena parte del país. ¿Cómo hablar de los efectos judiciales del racismo sin que los cuerpos policiacos y sistemas judiciales locales se sientan atacados? ¿cómo referirse y proponer soluciones al racismo sin atender los problemas de exclusión social y económica estructurales? Este no es un tema de simple “ley y orden”, como supone Donald Trump, sino un tema de justicia en el más amplio sentido de la palabra; es decir, de compaginar la aplicación de la ley con un completo respeto a los derechos civiles de los ciudadanos. Trump tiene razón, sin embargo, cuando afirma que el partido demócrata ha defraudado históricamente a las comunidades afroamericana e hispana al no impulsar políticas que realmente reduzcan los diferenciales de bienestar o permitan la regularización de migrantes sin documentos sin antecedentes penales, así que Clinton requiere volver a ganar la confianza de ambas para movilizarlas electoralmente.

3. Es obvio que Donald Trump confunde su “éxito” empresarial con tener las cualidades para conducir la economía y política exterior estadounidense; como si fuese igual dirigir una o varias empresas y presidir un país (en México ya sufrimos los efectos devastadores cuando un presidente de la CocaCola fue electo como presidente de la república). Esta confusión es lo que lleva a Trump a pensar que los acuerdos bilaterales y regionales de defensa mutua se pueden transformar en simples contratos de prestación de servicios militares, ¿cómo? pues simplemente haciendo saber a los aliados históricos de los Estados Unidos que la defensa mutua sólo será posible si pagan por los “tremendos servicios” (Trump dixit) que reciben o se tendrán que defender ellos mismos (volviendo ahora si de facto a las fuerzas armadas estadounidenses en mercenarios). Esto es, pues, otra expresión del mercantilismo-punitivo militar que Trump dice planea usar como estrategia de política exterior. La postura de Trump termina siendo congruente: si para no pagarle a personas que han prestado sus servicios para sus compañías Trump ha “taken advantage of the laws of the nation”, cree que puede hacer lo mismo con respecto a los servicios prestados a estados militarmente aliados al sacar provecho del derecho internacional transgrediendo el principio pacta sunt servanda (los acuerdos deben ser cumplidos) que es fundamental para la gobernabilidad construida en el último siglo.


- Amando Basurto Salazar

Doctor en Política por la New School for Social Research, N.Y. y Maestro en Estudios en Relaciones Internacionales por la Universidad Nacional Autónoma de México @amandobasurto

jueves, agosto 04, 2016

Hillary Clinton y Donald Trump, a 96 días de la elección.

Por Miguel Ángel Valenzuela Shelley


¿Pánico en el Partido Republicano?

Luego de las turbulentas convenciones del Partido Republicano y el Demócrata –en Cleveland y Filadelfia, respectivamente- está definida (todo parece indicar) la carrera presidencial que terminará en noviembre entre el millonario Donald Trump y la ex Senadora y otrora Secretaria de Estado, Hillary Clinton. Trump se impuso sorpresivamente a candidatos que contaban tanto con experiencia política, como con el respaldo de la clase política republicana y a jóvenes promesas del Partido; tal fue el caso de Jeb Bush, Rick Perry, Chris Christie, Marco Rubio o Ted Cruz, entre otros. Clinton por su parte, logró vencer con más dificultades de las previstas a un Bernie Sanders, quien si bien no obtuvo la nominación, sí pudo influir en la definición de la plataforma del Partido, dada la gran cantidad de delegados y respaldo popular; ahora, la candidata no está obligada a apegarse a la plataforma, pero deberá al menos seguir los ejes del programa de Sanders, si quiere contar con el apoyo de sus simpatizantes. Pero, ¿cómo inician la carrera ambos candidatos? ¿Qué perspectiva tienen?
El proceso demócrata para definir a su candidato, culminó en medio de escándalos tanto del Partido mismo como de la entonces pre candidata Hillary Clinton; escándalos que incluso hicieron necesaria una investigación del FBI por el manejo irresponsable de información clasificada vía correo electrónico desde la Secretaría de Estado. A fin de cuentas fue exonerada, permitiéndole así seguir en la búsqueda de la nominación; lo que pareció más una decisión política que judicial. Clinton también enfrentaba –y enfrentará durante la campaña presidencial- cuestionamientos con respecto a su responsabilidad en el ataque al consulado estadounidense en Bengasi (Libia). Por último, el Partido Demócrata sufrió unas horas antes del inicio de su Convención un ataque cibernético, mediante el cual se filtraron cientos de correos electrónicos en los que se mencionaba la estrategia del establishment demócrata para asegurar la candidatura de la ex senadora. Estos problemas sin duda representan una dificultad para la campaña de Clinton, principalmente Bengasi y los e-mails, sin embargo el buen posicionamiento en estados clave, la maquinaria electoral demócrata y la superioridad en el financiamiento (a fines de julio Clinton ha reaudado cuatro veces más que Trump, según la Federal Election Comission) presentan una muy halagüeña perspectiva a Hillary Clinton.  A esto habría que agregar los desatinos en la campaña de Donald Trump.
La estrategia de Trump o su personalidad -ya a estas alturas no está claro qué domina la campaña- se ha caracterizado por ser altisonante, burda, absurda y confusamente anti minorías. Gracias a esto ganó la nominación republicana, pues le habla a aquellos que no se sienten representados por los candidatos tradicionales del Partido Republicano o Grand Old Party (GOP), a aquellos trabajadores afectados por la Globalización; una especie de Barack Obama de la derecha. Obama le hablaba a los liberales que querían más reformas, más cambios, más gobierno, más democracia y menos capitalismo salvaje, liderazgo y no hegemonía; Trump, le habla a quienes buscan mano dura en seguridad, en migración, en política internacional, menos gobierno y más Mercado. Pero esta exitosa estrategia –demos el beneficio de la duda- está mostrando muy temprano en el día su falibilidad en la elección general.
Trump se ha alejado claramente de las minorías –sin duda un muy bajo porcentaje de mujeres, latinos, musulmanes o negros votarán por él, si es que alguno lo hace- y con ello de muchos electores independientes, pero también lo ha hecho de su propio partido; y eso se acrecienta día con día. A sólo semanas de haber aceptado la candidatura, Donald Trump entró en un desafortunado debate con el padre del capitán Humayun Kahn, muerto en servicio en Irak; con Paul Ryan (Speaker of the House) y con el senador John McCain, al no apoyarlos en su reelección para sus respectivas cámaras; y con la Comisión para los Debates Presidenciales (Comission for Presidential Debates, CPD), por programar convenientemente para Hillary Clinton –afirma Trump- dos de los tres debates presidenciales coincidiendo con juegos de la NFL; sin embargo, el calendario de debates se hizo público el 23 de septiembre de 2015. Esto sin mencionar la exigencia de que haga públicos sus declaraciones al Internal Revenue Service (ISR); tema por demás delicado, al parecer.
Los desatinos (al menos) semanales de Trump han provocado que su jefe de campaña, Paul Manafort, exprese su frustración con respecto a la falta de disciplina del candidato; que cada vez más miembros de la clase política republicana declaren que votarán por Clinton o al menos no lo harán por su partido; que su compañero de fórmula, Mike Pence, lo contradiga abiertamente con respecto al apoyo a Ryan y McCain; y que los sondeos en estados clave como Pensilvania, Virginia, North Carolina, Nevada, Colorado o Florida, se vayan decantando por la candidata demócrata. Esto es mortal para la campaña de Trump, pues no sólo los demócratas tienen virtual ventaja en el Colegio electoral (202 votos contra 154) sino que hasta fines de julio Clinton cuenta con 84 millones de dólares, frente a los 22 de Trump. A este respecto vale la pena mencionar que el millonario neoyorkino podría optar por financiamiento federal –que asciende a 96 mdd- con lo que alcanzaría a Clinton, pero tendría que renunciar al financiamiento privado; no obstante, el perfil anti gobierno federal de Trump, hace prácticamente nula esa posibilidad.
Ante tal escenario el Partido Republicano podría asumir una escandalosa derrota en la elección presidencial pero proteger el Congreso –que parece ser la opción elegida- apoyar a un candidato que no les simpatiza y que podría traer altos costos, o aplicar el artículo 9 de la Comisión Nacional Republicana y cambiar al candidato. Esto no ha sucedido, pero ya que el artículo establece esa posibilidad en caso de “muerte, renuncia o cualquier otra cosa”, se abre esa alternativa. La pregunta es ¿hasta dónde llegará el pánico del Partido Republicano? Una cosa es cierta, con las semanas se incrementa.

miércoles, mayo 11, 2016

El camino a la Casa Blanca: cuesta arriba e incomodidad para el GOP.


Por Miguel Ángel Valenzuela Shelley

El escenario de una Convención disputada o abierta prácticamente ha desaparecido, con lo que se confirmaría la contienda entre Hillary Clinton y Donald Trump por la presidencia de los Estados Unidos de América. La elección tendrá lugar el segundo martes de noviembre –en esta ocasión martes 8- y aunque todavía falta que los candidatos acepten la nominación en sus respectivas convenciones, veremos de aquí hasta ese momento una gran cantidad de encuestas y proyecciones que de una u otra manera nos mostrarán parte del escenario electoral, principalmente en estados que podrían decidir quién ocupará la Casa Blanca en los próximos cuatro u ocho años. En este artículo presentaré la situación que parecen enfrentar ambos partidos, partiendo de la pregunta ¿podrá Donald Trump repetir la sorpresa y convertirse en el 45º presidente de los EEUU?
Aunque en un principio la élite política del Partido Republicano –el establishment Republicano- no consideró posible que Donald Trump fuese el eventual candidato del Grand Old Party (GOP) –como se conoce a dicho Partido- conforme la candidatura del empresario neoyorkino cobró fuerza,  aquella intentó evitar que se convirtiera en su abanderado. No obstante, el apoyo a John Ellis “Jeb” Bush, posteriormente a Marco Rubio y finalmente a Ted Cruz –quien inclusive trató de ganar delegados al nombrar a la otrora empresaria y precandidata Carly Fiorina como compañera de fórmula-  fueron infructuosos y probablemente ayudaron a la victorias de Trump en Florida, Indiana o Texas, en algún sentido. Es decir, Donald Trump está a punto de ser el candidato Republicano a la presidencia a pesar (o tal vez gracias) al establishment del GOP; habrá que ver cómo pesará esto en la elección general de noviembre.
De acuerdo al sistema electoral de los EEUU un candidato o candidata, necesita 270 votos del Colegio electoral para ganar la Presidencia, por lo que esa es la cantidad que se debe buscar en las sumas y restas de los votos del Colegio electoral que representa cada estado de la Unión. Toda vez que quien gana un estado se lleva todos los votos –a excepción de  Nebraska y Maine que pueden dividirlos, pero aportan muy pocos votos del Colegio electoral; 5 y 4, respectivamente- y que las ciudades más pobladas pueden decidir la elección, hay que poner atención en la distribución poblacional y sus características, lo que –dicho sea de paso- ha modificado el mapa electoral. Es decir, la población blanca tradicional (White Anglo Saxon and Protestant, WASP) ya no decide por sí sola cada vez más estados, y son las minorías las que lo están haciendo; mujeres, negros, latinos y homosexuales, principalmente, son grupos de ciudadanos que deben ser más tomados en cuenta como parte fundamental del crisol estadounidense, no sólo en el discurso, sino en las políticas públicas, en el ideario político. He aquí la clave de la cuesta arriba Republicana.
Le elección de 2012 alejó claramente a los Republicanos de las minorías; en aquella Obama obtuvo 332 votos del Colegio electoral contra apenas 206 de Mitt Romney. Pero más aún, confirmó la tendencia Demócrata al alza y la baja Republicana. Si comparamos el mapa electoral de 2004 (GW Bush vs JF Kerry) con el de 2012 (BH Obama vs WM Romney), los Demócratas han ganado en 2008 y 2012 los estados de Florida, Colorado, New Mexico, Ohio, Virginia, Nevada y Iowa, es decir 88 votos del Colegio electoral; eso explica la victoria en 2008 por 365 contra 173 y la ya mencionada en 2012 (332 versus 206), pero también es un indicador importante para esta elección, pues muestra una tendencia.
Donald Trump retó al establishment Republicano y ganó, lo que alimenta su afirmación con respecto a que puede ganar aún sin los Republicanos –refiriéndose a la élite del Partido- el problema para Trump es que si los Demócratas ganan los 19 estados que han ganado en las últimas 6 elecciones más Florida y Washington D. C., Hillary Clinton sería la 45ª presidenta de los EEUU al sumar 271 votos del Colegio electoral; y eso en una perspectiva en cierto modo conservadora, ya que algunas proyecciones dan a Clinton un resultado favorable de 337 contra 201 de Trump. Esta es una de las razones por las que la campaña de Trump y algunas casas encuestadoras, como Quinnipiac University, intentan manipular al electorado amañando algunos resultados en las encuestas. Por ejemplo, el día de hoy -10 de mayo- Donald Trump celebró en redes sociales el hecho de que un estudio de la mencionada Universidad lo ubica por delante de Hillary Clinton en un estado importante, representativo (cuestionable) y no definido, como es Ohio, sin embargo, este estado tiene un 79% de población blanca votante y el estudio se realizó con un 83%, cosa no menor toda vez que la diferencia entre el Republicano y la Demócrata es precisamente de 4%.
Un estado clave en las aspiraciones presidenciales y que ha sido muy peleado es Florida. Muchos podrían pensar que dado que dos de los principales contendientes por la candidatura Republicana pertenecen políticamente a dicho estado –Marco Rubio y Jeb Bush- los 29 votos que otorga Florida irían a la columna de Trump, pero los Demócratas han ganado las dos últimas elecciones ahí. En 2000 GW Bush ganó el estado por 537 votos, pero Obama lo hizo por poco más de 100 mil en 2008 y por cerca de 74 mil en 2012; y lo que es más, Clinton aventaja a Trump por 7% de acuerdo al promedio de Election Projection, según distintas encuestadoras en un reporte actualizado el día de hoy (mayo 10).
Si vemos el escenario desde la perspectiva Republicana la situación es peor, pues aún ganando los estados que tradicionalmente obtiene o que ha ganado en las últimas seis elecciones, el GOP contaría con 102 votos electorales, es decir que aún debería buscar 168 más. Cierto, es muy probable que gane 9 estados más que significarían 117 votos del Colegio electoral y podría pelear Colorado y Florida, que los llevaría a 255, pero aún así quedaría corto por 15 votos. La pregunta no es sólo de dónde sacaría esos votos, sino si alcanzará los votos necesarios para estar en la pelea, y es que la apuesta Republicana en las últimas dos elecciones ha sido por el voto blanco, alejándose de las minorías; estrategia que no sólo está repitiendo Donald Trump, sino que está yendo más allá al afirmar que podría ganar sin el establishment Republicano.
En cierta forma Donald Trump es la expresión de Obama en el GOP, es decir, Barack Obama tuvo un gran apoyo del electorado por ser un outsider, es decir, un político ajeno (hasta cierto punto) a la clase política tradicional, al establishment Demócrata. Por eso Trump ha tendido tanto apoyo en estados como Indiana o incluso Florida, pero Obama contaba con las minorías y eso decidió el proceso electoral; lección –al parecer- aprendida por el Partido Republicano al contar con candidatos como Carly Fiorina, Ben Carson, Ted Cruz o Marco Rubio, pero el candidato será Donald Trump. La carrera por la Casa Blanca está definida y al momento, es cuesta arriba para el Grand Old Party y su incómodo candidato.

lunes, abril 18, 2016

La revolución política de Bernie Sanders

Por Amando Basurto –

Mañana se llevará a cabo le elección primaria del Partido Demócrata en el estado de Nueva York y será un evento políticamente relevante por el simple hecho que en ella se enfrentan un nativo de Brooklyn aunque con trayectoria política en Vermont – Bernie Sanders– y una hija pródiga adoptiva y exSenadora por Nueva York –Hillary Clinton. Una victoria por amplia mayoría de Sanders en NY pondría en muy serios aprietos la nominación de Clinton. Es importante resaltar el elemento de “amplia mayoría” porque ganar la elección por un margen reducido no es suficiente en Estados en los que los delegados se asignan proporcionalmente (por ejemplo, la última victoria de Sanders se dio en Wyoming en donde obtuvo el 55% de los votos por lo que los 14 delegados en juego se dividieron siete para él y siete para Clinton). Sin embargo, estos triunfos tienen un gran valor propagandístico y permiten que la campaña de Sanders mantenga viva las esperanzas de alcanzar y rebasar a Clinton en la cantidad de delegados comprometidos.

¿Pero quién es Sanders, qué representa su desafío al oficialismo demócrata y cuáles son los límites de su proyecto? Bernie Sanders es Senador por el estado de Vermont con una vibrante carrera política como independiente. La mayor parte de su trabajo político la ha realizado a nivel local; fue alcalde de la ciudad de Burlington (1981-1989) y después legislador estatal (1991-2007). Desde 2008 se desempeña como Senador por el estado de Vermont. Todos estos puestos de elección popular los ha obtenido participando como “Independiente” en un estado que ha sido dominado históricamente por el Partido Republicano. Su ascendente carrera política ha sido caracterizada por un consistente discurso en contra del oficialismo partidista y de la colusión entre los gobiernos estatales y federal con las grandes corporaciones. También ha sido muy consistente en la promoción de ampliar las coberturas públicas de salud, educación y desempleo.

Bernie Sanders es un significativo heredero de la tradición “progresista” estadounidense de finales del siglo 19 que abanderó la lucha en contra del poder económico y político de los grandes monopolios. Woodrow Wilson, una versión desradicalizada y tardía de aquel progresismo ganó las elecciones presidenciales de 1912. Las comparaciones personales son odiosas y por ello no haré una aquí, especialmente porque en vez de pensar en las posibles disimilitudes entre Wilson y Sanders habría que analizar seriamente las similitudes entre las condiciones de alta concentración de capital y riqueza a finales del siglo 19 (características de la gran depresión de 1873 y sus efectos) y las de principios del siglo 21. Sería realmente irónico que Sanders ganase la nominación y las elecciones de noviembre como Woodrow Wilson lo hizo en 1912, es decir, aprovechando un escisión en el Partido Republicano.

Sanders ha concentrado sus ataques a la campaña de Hillary Clinton en dos frentes: el primero, el más consistente, ha sido el señalamiento de la cercanía de la candidata con grandes intereses económicos y financieros, insistiendo en cómo ésta limita seriamente la posibilidad de que su presidencia les desafíe en favor de los derechos del ciudadano común. Este señalamiento se inscribe en un proyecto general de reformar la política de financiamiento a las campañas políticas que incluye revertir la decisión de la Suprema Corte en el caso comúnmente llamado Citizens United. El segundo frente ha sido cuestionar el “juicio” de Hillary Clinton en relación tanto a su voto como Senadora a favor de la invasión a Irak en 2003 y la inadecuada planeación alrededor del cambio de régimen en Libia mientras fungía como Secretaria de Estado. En contraste, Sanders propone una política exterior que utilice la vía armada sólo como último recurso y nunca como herramienta habitual de política exterior.

La agenda económica de Sanders es definitivamente la más progresista entre los candidatos que aun tienen oportunidad de abanderar a sus partidos en noviembre. Esta incluye una serie de medidas como aumentar 100% el salario mínimo federal, anular los acuerdos de libre comercio que –él acusa– han resultado en la exportación de producción y empleos, establecer un sistema de salud de cobertura universal y la segmentación de los bancos y agencias financieras más grandes del país. Es especialmente esta agenda la que ha motivado la masiva movilización de demócratas e independientes que se han sumado a lo que Sanders llama “revolución política”.

El Senador ha ganado las últimas siete elecciones primarias estatales, lo que ha significado un gran impulso a una campaña a la que pocos auguraban buen fin. Sin embargo, la gran desventaja de Sanders sigue siendo la cantidad de superdelegados (469 de 500) que han anunciado votarán por Clinton en la Convención Nacional a realizarse en Julio y que difícilmente cambiarán de parecer. El otro gran reto de la “revolución política” de Sanders será, de ganar la nominación y la presidencia, poder cumplir sus ambiciosas políticas; esto requeriría una mayoría legislativa que difícilmente lograrán los demócratas. De hecho, para poder ganar los cuatro asientos que les regresarían el control del Senado, los demócratas requieren movilizar toda su maquinaria política (el stablishment), que es blanco central de los ataques del mismo Sanders. Aunque el partido demócrata consiguiera la muy difícil tarea de ganar el control de ambas cámaras del congreso es muy probable que las políticas propuestas por Sanders sólo puedan ser llevadas a cabo parcialmente sin aprobación legislativa en forma de órdenes ejecutivas.

El mayor problema de la “revolución política” de Bernie Sanders es que parece depender de su elección como presidente, sin una verdadera base político legislativa (en algo que bien se podría llamar caudillismo a la estadounidense). El contraejemplo es el ultraconservador Tea Party, que no sólo moviliza ciudadanos a grandes mítines sino que han conseguido instalar a algunos de sus miembros en el Congreso. Desde allí, los ultraconservadores han erosionado el poder del oficialismo republicano (que ya no tiene a un pre-candidato en la carrera). Una verdadera “revolución progresista” en los Estados Unidos requeriría de un trabajo político similar: la elección al Congreso de una serie de progresistas demócratas que dieran sustento y viabilidad a una agenda como la de Sanders.

Por el momento Sanders y Clinton se enfrentarán mañana en NY. La campaña de Sanders sabe muy bien que será difícil ganar la elección; si lo logran pondrán en grandes aprietos a Hillary Clinton. Su estrategia, ganando o no, es quitarle tantos delegados como sea posible a Clinton para mantener el margen entre ellos tan cerrado como sea posible.


- Amando Basurto Salazar

Doctor en Política por la New School for Social Research, N.Y. y Maestro en Estudios en Relaciones Internacionales por la Universidad Nacional Autónoma de México @amandobasurto

martes, marzo 01, 2016

Apuntes para el Súper Martes de elecciones primarias en los EE.UU.

Por Amando Basurto –

Múltiples focos rojos se encendieron durante la última semana desde que Donald Trump ganara los caucuses de Nevada con un 46% del voto, por lo que su candidatura pareciera imparable ahora que es favorito a ganar en la mayoría de los 13 estados que van a elecciones primarias el día de hoy. Los miembros del status quo republicano ven su influencia cada vez más reducida, como aplastada entre el paralizante tea party y el energéticamente movilizador Donald Trump. ¿Qué, Donald no es lo suficientemente conservador para ser el candidato republicano? Posiblemente no, pero ese no es el problema. Ahora, propios y extraños, reconocen a Trump como una bala suelta, es decir, como un inexperto egomaniático populista (lo cual definitivamente no es peligroso) con posibilidades de ganar la candidatura republicana y la presidencia estadounidense acompañado de una mayoría republicana en ambas cámaras del congreso (lo cual sería verdaderamente alarmante). Las elecciones del día de hoy son fundamentales tanto para las aspiraciones de Trump como para las esperanzas del establishment republicano de detenerlo en el intento. Las peores noticias para los republicanos en general es que Ted Cruz y Marco Rubio no parecen, ni de lejos, caballos ganadores. Si Trump obtiene una ventaja muy importante el día de hoy muy probablemente veremos al partido republicano hacer uso de medidas extra-electorales para deshacerse de él.

En el caso del Partido Demócrata, este martes se llevarán a cabo elecciones primarias en 11 estados de la unión (y el territorio de Samoa).  De este lado del ring también los dados están fuertemente cargados a favor de Hillary Clinton, quien se prevé ganará la mayoría de las contiendas asegurando una ventaja casi insuperable de camino a la convención nacional del partido. En este caso los focos encendidos después de las elecciones en Carolina del Sur del sábado pasado son azules, muy azules, ya que calmaron la ansiedad del establishment demócrata porque las probabilidades de que Bernie Sanders gane la candidatura al parecer se verán drásticamente reducidas esta misma noche. Y no es que Bernie Sanders sea una bala perdida, ni mucho menos un ególatra populista, sino que el oficialismo demócrata considera que la radicalidad de su “revolución política” aliena a una fracción importante de demócratas “conservadores y moderados” que son fundamentales para mantener el control de la Casa Blanca. Si, de la Casa Blanca porque será muy difícil que tanto Clinton como Sanders generen tal tracción electoral que les lleve a ganar la presidencia y, además, impulsar la elección de una mayoría demócrata en el congreso. Y es precisamente por eso que, a pesar de su “radicalidad”, Sanders no es considerado un “peligro”: su presidencia muy probablemente tendría que sobrellevar el peso de una paralizante mayoría legislativa republicana y, por lo tanto, sería casi inoperante desde el día uno.

Aún con este panorama, y con los oficialismos partidistas encima, no se puede descartar completamente una contienda entre Donald Trump y Bernie Sanders por la presidencia estadounidense. Si ésta sucediera, ya lo ha advertido, el magnate Michael Bloomberg planea lanzar una campaña independiente que, irónicamente, aumentaría las probabilidades de que Sanders ganase las elecciones; parecido a lo acontecido en la elección presidencial de 1912, la candidatura “progresista” de Theodore Roosevelt dividió el voto republicano (siendo William H. Taft el candidato formal), lo que abrió la puerta al triunfo de Woodrow Wilson. La ironía no reside en que Sanders, como Wilson, ganase las elecciones por una fractura entre los republicanos, sino que la elecciones las ganase un “socialista” cuando en aquella elección de 1912 Eugene Debs perdió obteniendo casi un millón de votos (la mayor cantidad que conseguiría el Partido Socialista de América) pero sin poder ganar los votos electorales de un solo estado.


- Amando Basurto Salazar

Doctor en Política por la New School for Social Research, N.Y.y Maestro en Estudios en Relaciones Internacionales por la Universidad Nacional Autónoma de México @amandobasurto