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lunes, agosto 31, 2020

Una Convención Nacional Demócrata poco convencional. La nominación formal de Joe Biden

 Por Amando Basurto

De lunes a jueves de esta semana se llevó a cabo, de manera remota, la Convención Nacional Demócrata. La Convención no sólo tiene el objetivo de nombrar oficialmente a su candidato a la presidencia sino de proponer y adoptar principios y agendas que conforman la plataforma del partido durante el resto de la campaña. En ella participan los grupos de delegados electos como resultado de las elecciones primarias por estado o territorio.

El día martes se realizó el pase de lista a las delegaciones, en el que se registra la asistencia y cada una de estas emite sus votos por el o los candidatos conforme a los resultados de las primarias. Regularmente el pase de lista es monótono y soporífero; los votos obtenidos se emiten en orden alfabético y el proceso tiende a ser mera formalidad. Sin embargo, la “virtualidad” del encuentro y de la emisión de votos permitió que algo de informalidad transpirara a través y aligerara el proceso. En un tono mucho más festivo y combativo, y desde locaciones alrededor del territorio estadounidense (icónicas en su mayoría), cada delegación aprovechó su breve discurso de votación para criticar y condenar a Donald Trump y su administración.

Probablemente lo más esperado de las Convenciones Nacionales son las voces de los oradores más icónicos de cada partido. Estos discursos tienen el objetivo de enfatizar elementos clave de la agenda y programa del partido de cara a las elecciones pero, también, de convencer y movilizar a los indecisos. Los oradores destacados incluyeron a Michelle y Barack Obama, quienes enfatizaron la incapacidad de liderazgo político y moral de Donald Trump, así como el grave riesgo constitucional que su administración ha representado; a Bernie Sanders, quien refrendó su apoyo a la candidatura de Joe Biden con la intención de impulsar la agenda de su propio movimiento; y a Andrew Cuomo, gobernador de Nueva York, quien explicó que Donald Trump no había creado la división (racial-ideológica) que afectaba al país sino que, al contrario, Trump era resultado de esta.

Especial atención se debe poner al hecho que Republicanos como John Kasich (exgobernador de Ohio) y Collin Powell (exsecretario de Estado) ofrecieron discursos de crítica a la administración Trump y de apoyo a la candidatura de Biden. Los Demócratas incluso presentaron, muy estratégicamente, la declaración de un veterano de la Segunda Guerra Mundial, Ed Good, quien se dijo Republicano de por vida pero denunció a Donald Trump como el peor presidente de la historia.

El gran reto de la Convención fue equilibrar la presencia de Joe Biden y Kamala Harris. Debido a su nominación tardía hace solamente una semana, Harris había prácticamente monopolizado los reflectores mediáticos y la Convención mantuvo un importante tono de inclusión y diversidad hasta el miércoles que esta dio su discurso de aceptación acompañada de una carretada de oradoras y presentaciones que enfatizaron el hecho de que es la primer mujer afrocaribeña/indo descendiente nominada por uno de los principales partidos nacionales. El discurso de Harris fue conciso y fuerte, lleno de vivencias personales llevadas a analogías comunes y generalizables en un intento de mostrarla como representante de muchas y muchos y haciendo gala de su gran capacidad de oratoria y experiencia.

El jueves fue distinto. Frente al dinamismo y fuerza discursiva de Harris había que mostrar a un Joe Biden vital, fuerte, claro en ideas y solícito. Es frente a este reto que la Convención presentó su principal éxito. El cierre de la Convención hizo un eficaz uso de la enorme experiencia de servicio público de Joe Biden (uno de los candidatos Demócratas a la presidencia con mayor experiencia política de un partido cuyos candidatos exitosos tienden a ser estrellas en ascenso como Kennedy y Obama). La presentación de un Biden exitoso, sensible y responsable se realizó de manera impecable. 

Su discurso de aceptación de la candidatura presidencial tuvo como tema central la necesidad de proyectar luz en medio de tiempos de penumbra, definiendo la elección de noviembre como una batalla entre el bien y el mal, entre el amor y el odio; aunque las referencias político-teológicas de luz en tiempo de penumbras pueden ser muchas, me parece que la referencia más cercana de inspiración para este discurso de Biden es el discurso de Martin Luther King Jr. en diciembre de 1957 llamado “Loving your enemies” (fuente de inspiración por demás oportuna). Otro elemento central en el discurso fue la referencia al New Deal de F. D. Roosevelt (que junto con la lucha por los derechos civiles durante los años 60 conforman el núcleo ideológico del partido). 

Si algo estuvo ausente fue cualquier referencia a los trabajadores del sector del carbón, posiblemente asumiendo estados como Virginia Occidental y Kentucky como territorios perdidos (frente a la insistente referencia a los trabajadores del sector automotriz fuertemente concentrado en Michigan).

Los Demócratas saben que la elección de Biden depende de la participación masiva del electorado; también los Republicanos lo saben y ahora el balón está en su cancha, habrá que esperar para ver como intentan movilizar a su base sin reducir el nivel de abstencionismo de 2016.

Originalmente publicado en Cuestione el 21 de agosto 2020

miércoles, mayo 10, 2017

Nota sobre el despido del Director del FBI por Donald Trump

Por Amando Basurto-

Ayer por la tarde el presidente Donald Trump hizo uso de una facultad ejecutiva -que usualmente no se utiliza para evitar que las agencias de inteligencia estadounidenses (FBI, CIA) sean politizadas- y despidió a James Comey como Director del Federal Bureau of Investigation (FBI). El despido es resultado, explica el ejecutivo, del mal manejo que Comey ha hecho en el caso de los "correos electrónicos de Hilary Clinton". Muchos medios desde la tarde de ayer han dicho que esto no tiene sentido porque el mal manejo del caso es público desde antes de que Trump fuese juramentado presidente y que, además, el despido es evidentemente un intento de descarrilar las investigaciones sobre la posible coordinación entre miembros del equipo del Presidente y "Rusia".

Primero habría que dejar en claro que el despido de Comey realmente atenta contra la estabilidad institucional gubernamental (especialmente contra la independencia del poder judicial) y, a su vez, incrementa la volatilidad de una administración que es ciertamente inconsistente. Sin embargo, el mal manejo del caso de los correos electrónicos se refiere a la última comparecencia de Comey en el Congreso y la nota aclaratoria -que envió ayer mismo el FBI (antes del despido de Comey) aclarando a la Comisión del Congreso importantes imprecisiones en la comparecencia de su Director. Ésta fue la gota que derramó el caso y fue la excusa perfecta para que Trump se deshiciera de Comey y ahora intente designar a alguien a modo (alguien que sea su "empleado" pero bajo presión del Procurador General).

Creo que mucha atención debería prestarse a la carta en la que Trump despide a Comey, ya que contiene una declaración que intenta autoexculpar, ex ante, al Presidente: "While I greatly appreciate you informing me, on three separate occasions, that I am not under investigation, I nevertheless..."

¿Qué tiene que ver el que Trump "reafirme" que no está bajo investigación con la recomendación del despido de Comey emitida por la Procuraduría General (Attorney General)? ¿Cuál es la relación entre "no estar bajo investigación" y los correos de Hilary Clinton? Nada, no parece haber relación. Dos son las cosas que se pueden derivar de la frase incluida en la carta: 1) lo que Trump le está expresando a Comey es que lo tenía que despedir a pesar de haber sido fiel y haberle cubierto la espalda (asegurándole no una sino tres veces que no estaba bajo investigación; lo que quiere decir que muy probablemente Trump le preguntó esto por lo menos tres veces); 2) que Trump (sea cierto o no) se autoexculpa automáticamente al comprometer públicamente al Director del FBI diciendo que le había dicho tres veces que no estaba bajo investigación (y al parecer no cuando cantase el gallo). A mi me parece, sin embargo, que más que exculpar la carta acaba incriminando al presidente. Este es sólo el inicio de una macabra novela.


Amando Basurto Salazar

Doctor en Política por la New School for Social Research y Maestro en Estudios en Relaciones Internacionales por la Universidad Nacional Autónoma de México 
@amandobasurto

miércoles, noviembre 23, 2016

Pero pese a todo, ni excusas, ni esclusas.


Hace ya dos semanas de la elección de Donald Trump en los Estados Unidos y parece que a algunos aún nos cuesta trabajo aceptar o entender el resultado. El hecho de que Hillary Clinton haya ganado el voto popular por cerca de un millón de votos pero perdido la elección, reaviva los cuestionamientos sobre el sistema electoral estadounidense y probablemente –como en el año 2000 con la elección de George W. Bush- impacte en la legitimidad de la Administración de Donald Trump; pero poco abona a pasar el trago amargo de la elección y menos aún para dejar de preocuparnos por los cuatro años –ojalá no sean ocho- que lentamente pasarán a partir del 20 de enero de 2017, cuando tome juramento el presidente electo. La esperanza de que el Colegio electoral vote el próximo 19 de diciembre en un sentido contrario a lo implícitamente instruido a él por el voto estatal, pero obedeciendo al voto popular, es en realidad un sueño de opio, sin ningún sustento histórico. Asumiendo, pues, una inevitable presidencia de Donald Trump, tenemos que hasta ahora las señales que ha dado no son nada halagüeñas, no obstante sus primeros mensajes la noche misma de la elección.
La preocupación sobre una eventual presidencia de Trump creció luego de las sorprendentes victorias del Brexit, en la Gran Bretaña, y del No al Acuerdo de Paz, en Colombia. Conforme se acercaba el martes 8 de noviembre la sorpresa se veía cada vez más lejana; posible, aunque poco probable y viceversa. La preocupación creció cuando el FBI reavivó el tema de los e mails de Clinton a sólo unos días de la elección; las encuestas que seguían favoreciendo a la demócrata, ya no le daban la holgada victoria de semanas anteriores y los estados indecisos comenzaban a inclinarse hacia Donald Trump. La –ahora dubitativa- confianza de los demócratas, de los simpatizantes de Clinton –que seguro había- y de quienes querían (o deseaban) evitar a toda costa un triunfo del candidato Republicano, descansaba en que el voto femenino, el latino y el de los negros, sumados a los anteriores, eran más que suficientes para vencer a Trump y sus radicales, aún con la base dura del Partido Republicano. Sin embargo, la confianza se convirtió el preocupación a tempranas horas del martes 8; la preocupación en nerviosismo, al anochecer cuando comenzaban a llegar los primeros resultados; el nerviosismo en incredulidad, cuando la victoria de Donald Trump se perfilaba como inevitable; y finalmente, la incredulidad en estupor, en angustia, con el twitt derrotista de Clinton a las 19:55 : “gracias por todo”.
A pesar de que el abanderado del Partido Republicano hablaba de unión y de que se llevarían bien con todas las naciones –aunque no quedó claro si se refería a las naciones dentro de su país o a las naciones en el ámbito internacional- las señales que ha enviado a su país y al mundo, con los nombramientos para su gabinete confirman que lo dicho por el entonces candidato Trump, son verdaderas ideas o al menos intenciones reales, y no mero posicionamiento electoral. Reince Priebus, presidente del Comité Nacional Republicano y quien fungirá como jefe de gabinete, es una inteligente designación, toda vez que su cercanía con Paul Ryan –presidente de la Cámara de Representantes- podría facilitarle al Presidente Trump impulsar su Agenda; era de esperarse alguien del Partido, cercano a la Cámara Baja, en ese puesto. Sin embargo, las designaciones de Steve Bannon, Jeff Sessions, Rudy Giuliani, Mike Flynn o Mike Pompeo, auguran una Administración conflictiva tanto al exterior como al interior del país norteamericano. Racismo, beligerancia, militarismo y maniqueísmo, son aspectos constantes en el perfil de estos individuos que –al parecer- formarán parte esencial del gabinete de Donald Trump; la pluralidad anunciada por Mike Pence, estará por verse.
La angustia sin duda debe convertirse en aceptación y estrategia; el momento del espasmo ya pasó. La realidad es que Donald Trump será presidente y hay que enfrentar la situación. Esta semana habrá ya reuniones entre equipos de trabajo del gobierno mexicano, encabezado por el embajador Sada, y miembros del gabinete del futuro presidente; los temas a tratar serán primordialmente migración y el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Evidentemente la idea es sondear las intenciones reales de la próxima administración en temas clave de la Agenda bilateral, y con base en ello determinar la estrategia a seguir e incluso la asignación de recursos. Averiguar si el temor está justificado.
Pero tengamos presente, que pese a todo, pese a los malos augurios, desalentadoras señales y advertencias (¿acaso?) veladas, las amenazas para nuestro país, no vienen primordialmente del magnate neoyorquino y su gabinete, del adverso entorno internacional y la inestable economía global, sino de nuestra clase política, de la corrupción, de la impunidad, del fortalecimiento del crimen organizado y de sus nexos con los gobiernos locales, estatales y federal; de nosotros mismos como Estado. El daño que Trump le puede hacer a México derivado de sus políticas es muy serio, pero palidece frente al daño que nuestra clase política le sigue haciendo a nuestro país, a nosotros mismos; y en mucho casos, nosotros, somos cómplices. Sin lugar a dudad la clase política –el partido político que gusten- verá en Trump y su racismo, su miopía, su ignorancia, una excusa para explicar la situación económica, la falta de crecimiento, el desempleo; y con ello una esclusa a la presión social (por todo lo anterior y) por la inseguridad, por los gobernadores que han desfalcado a sus estados, por los 43 de Ayotzinapa, por la cada vez más preocupante y creciente cifra de feminicidios en el país y las perennes promesas incumplidas. Unas vez más, la culpa no está en (las barras y) las estrellas, sino en nosotros mismos, pues en nosotros está el impulsar mecanismos que permitan combatir estos y otros problemas del Estado mexicano. Debemos exigir transparencia, rendición de cuentas y mayor participación ciudadana en la toma de decisiones; y nosotros debemos participar.

lunes, octubre 10, 2016

Apuntes sobre el segundo debate

Por Amando Basurto –

No me extrañaría que, debido al tono y políticas propuestas, los debates presidenciales  entre Hillary Clinton y Donald Trump sean de los más vistos en la historia. Ya sea por interés o morbo, gente alrededor del mundo ha estado al pendiente ya sea de su transmisión o de los resultados. No es seguro que los debates tengan un relevante impacto sobre las preferencias electorales, sin embargo los ataques mediáticos alrededor de los debates parece tendrán una mayor influencia no sólo sobre la percepción de los electores sino sobre las bases de apoyo partidistas de los candidatos. Aquí les presento 3 puntos sobre el debate que me parece relevante tener en cuenta.

1. Más allá de los rounds de ataques mutuos, Donald Trump mostró no estar preparado para un debate así (y mucho menos para ser presidente). Trump ha practicado durante más de un año un discurso mediocre que está cimentado sobre generalizaciones infundadas y el abuso de adjetivos que le impiden hablar de un solo tema de manera directa y concisa; por ello no respondió a la mayoría de las preguntas que se le hicieron durante el debate de ayer. Eso no significa que le haya ido mal en la percepción de su desempeño en el debate; la popularidad de Trump prueba que a muchos estadounidenses les importa poco que su discurso sea difuso y falto de propuestas precisas (a pesar de que a muchos de nosotros nos sorprenda que alguien pueda sobrevivir un debate sin contestar puntualmente ninguno de los temas que allí se trataron), lo que parece importar es que Trump adorne con “carácter” y “decisión” sus promesas de atacar y cambiar el status quo. La crisis en el partido republicano ha llevado a presentar una dupla de candidatos radicalmente opuesta a la de 2008, aquella en que un senador con gran experiencia política (John McCain) lideraba una propuesta secundada por una gobernadora (Sarah Palin) cuya retórica se concentraba en embestir contra el status quo. En aquel entonces la ignorancia de Palin era contrapesada con el sentido común de McCain, no creo que Mike Pence tenga ni la capacidad ni el interés de compensar por la falta de preparación de Trump.

2. Por su parte Hillary Clinton y su equipo de campaña parecen haber optado por una estrategia que evite parecer que están a la defensiva. De tal manera que Clinton se preocupó, tal vez de más, por guardar la compostura y no responder asertivamente los ataques de su oponente. No es una casualidad que desde el inicio del debate Clinton citara de nuevo a su “amiga” Michelle Obama diciendo “when they go low, we go high”; es obvio que ese es el tono que han decidido guardar en los debates (mientras los mensajes mediáticos de la campaña y la filtración de información van en sentido opuesto, lo cual ayuda a la percepción que muchos tienen de que Hillary Clinton no es honesta sino doble-cara). Sin embargo, el mensaje mesurado de Clinton parece denotar una combinación de debilidad y condescendencia dirigido más a no perder el apoyo de sus seguidores que a buscar el apoyo de quienes se dicen indecisos. Esto significó, por ejemplo, perder la oportunidad de enfatizar el tono dictatorial/autoritario que tienen no sólo la propuesta que hace Trump de forzar a los países de origen a recibir a sus nacionales deportados desde los Estados Unidos sino, también, la advertencia que hace de llevar a cabo una investigación especial para encarcelar a Hillary Clinton una vez que él tome posesión de la presidencia.

3. Los “periodicazos” contra Trump sobre la evasión de impuestos federales y sobre las expresiones que muestran lo soez del tono de su relación con y el trato a las mujeres en general le hicieron mucho daño a la campaña en general pero, especialmente, a este debate. Trump y su equipo de campaña fueron incapaces de desviar la atención hacia los escándalos de acoso sexual de William Clinton y por ello erraron en infligir mayor daño a la campaña de Hillary. Esto fue evidentemente un error de “timing” mediático. Donald Trump ya había advertido muchas veces en público que su campaña hablaría y enfatizaría el maltrato a las mujeres del que se acusa a Bill Clinton tratando de caracterizar a Hillary como su cómplice, pero nunca encontraron un momento oportuno para hacerlo y, antes de que sucediera, el video con el audio en el que Trump tiene una “conversación entre hombres” (locker-room talk) fue filtrado a los medios. Esto desencadenó una reacción tardía por parte de los estrategas republicanos: primero lanzando un mensaje de disculpa muy tarde por la noche y, después, organizando el evento con mujeres presuntamente acosadas por Bill Clinton sólo unas horas antes del debate y con un efecto mediático disminuido (que además no parece va a ser contestado por parte de la campaña de Clinton).

A mi parecer, en su recta final ambas campañas podrían acabar por alejar al electorado más que por aumentar su capacidad de movilización. El nivel de abstencionismo del próximo 8 de noviembre nos dirá si esto es cierto.


Amando Basurto Salazar

Doctor en Política por la New School for Social Research, N.Y. y Maestro en Estudios en Relaciones Internacionales por la Universidad Nacional Autónoma de México @amandobasurto

jueves, agosto 04, 2016

Hillary Clinton y Donald Trump, a 96 días de la elección.

Por Miguel Ángel Valenzuela Shelley


¿Pánico en el Partido Republicano?

Luego de las turbulentas convenciones del Partido Republicano y el Demócrata –en Cleveland y Filadelfia, respectivamente- está definida (todo parece indicar) la carrera presidencial que terminará en noviembre entre el millonario Donald Trump y la ex Senadora y otrora Secretaria de Estado, Hillary Clinton. Trump se impuso sorpresivamente a candidatos que contaban tanto con experiencia política, como con el respaldo de la clase política republicana y a jóvenes promesas del Partido; tal fue el caso de Jeb Bush, Rick Perry, Chris Christie, Marco Rubio o Ted Cruz, entre otros. Clinton por su parte, logró vencer con más dificultades de las previstas a un Bernie Sanders, quien si bien no obtuvo la nominación, sí pudo influir en la definición de la plataforma del Partido, dada la gran cantidad de delegados y respaldo popular; ahora, la candidata no está obligada a apegarse a la plataforma, pero deberá al menos seguir los ejes del programa de Sanders, si quiere contar con el apoyo de sus simpatizantes. Pero, ¿cómo inician la carrera ambos candidatos? ¿Qué perspectiva tienen?
El proceso demócrata para definir a su candidato, culminó en medio de escándalos tanto del Partido mismo como de la entonces pre candidata Hillary Clinton; escándalos que incluso hicieron necesaria una investigación del FBI por el manejo irresponsable de información clasificada vía correo electrónico desde la Secretaría de Estado. A fin de cuentas fue exonerada, permitiéndole así seguir en la búsqueda de la nominación; lo que pareció más una decisión política que judicial. Clinton también enfrentaba –y enfrentará durante la campaña presidencial- cuestionamientos con respecto a su responsabilidad en el ataque al consulado estadounidense en Bengasi (Libia). Por último, el Partido Demócrata sufrió unas horas antes del inicio de su Convención un ataque cibernético, mediante el cual se filtraron cientos de correos electrónicos en los que se mencionaba la estrategia del establishment demócrata para asegurar la candidatura de la ex senadora. Estos problemas sin duda representan una dificultad para la campaña de Clinton, principalmente Bengasi y los e-mails, sin embargo el buen posicionamiento en estados clave, la maquinaria electoral demócrata y la superioridad en el financiamiento (a fines de julio Clinton ha reaudado cuatro veces más que Trump, según la Federal Election Comission) presentan una muy halagüeña perspectiva a Hillary Clinton.  A esto habría que agregar los desatinos en la campaña de Donald Trump.
La estrategia de Trump o su personalidad -ya a estas alturas no está claro qué domina la campaña- se ha caracterizado por ser altisonante, burda, absurda y confusamente anti minorías. Gracias a esto ganó la nominación republicana, pues le habla a aquellos que no se sienten representados por los candidatos tradicionales del Partido Republicano o Grand Old Party (GOP), a aquellos trabajadores afectados por la Globalización; una especie de Barack Obama de la derecha. Obama le hablaba a los liberales que querían más reformas, más cambios, más gobierno, más democracia y menos capitalismo salvaje, liderazgo y no hegemonía; Trump, le habla a quienes buscan mano dura en seguridad, en migración, en política internacional, menos gobierno y más Mercado. Pero esta exitosa estrategia –demos el beneficio de la duda- está mostrando muy temprano en el día su falibilidad en la elección general.
Trump se ha alejado claramente de las minorías –sin duda un muy bajo porcentaje de mujeres, latinos, musulmanes o negros votarán por él, si es que alguno lo hace- y con ello de muchos electores independientes, pero también lo ha hecho de su propio partido; y eso se acrecienta día con día. A sólo semanas de haber aceptado la candidatura, Donald Trump entró en un desafortunado debate con el padre del capitán Humayun Kahn, muerto en servicio en Irak; con Paul Ryan (Speaker of the House) y con el senador John McCain, al no apoyarlos en su reelección para sus respectivas cámaras; y con la Comisión para los Debates Presidenciales (Comission for Presidential Debates, CPD), por programar convenientemente para Hillary Clinton –afirma Trump- dos de los tres debates presidenciales coincidiendo con juegos de la NFL; sin embargo, el calendario de debates se hizo público el 23 de septiembre de 2015. Esto sin mencionar la exigencia de que haga públicos sus declaraciones al Internal Revenue Service (ISR); tema por demás delicado, al parecer.
Los desatinos (al menos) semanales de Trump han provocado que su jefe de campaña, Paul Manafort, exprese su frustración con respecto a la falta de disciplina del candidato; que cada vez más miembros de la clase política republicana declaren que votarán por Clinton o al menos no lo harán por su partido; que su compañero de fórmula, Mike Pence, lo contradiga abiertamente con respecto al apoyo a Ryan y McCain; y que los sondeos en estados clave como Pensilvania, Virginia, North Carolina, Nevada, Colorado o Florida, se vayan decantando por la candidata demócrata. Esto es mortal para la campaña de Trump, pues no sólo los demócratas tienen virtual ventaja en el Colegio electoral (202 votos contra 154) sino que hasta fines de julio Clinton cuenta con 84 millones de dólares, frente a los 22 de Trump. A este respecto vale la pena mencionar que el millonario neoyorkino podría optar por financiamiento federal –que asciende a 96 mdd- con lo que alcanzaría a Clinton, pero tendría que renunciar al financiamiento privado; no obstante, el perfil anti gobierno federal de Trump, hace prácticamente nula esa posibilidad.
Ante tal escenario el Partido Republicano podría asumir una escandalosa derrota en la elección presidencial pero proteger el Congreso –que parece ser la opción elegida- apoyar a un candidato que no les simpatiza y que podría traer altos costos, o aplicar el artículo 9 de la Comisión Nacional Republicana y cambiar al candidato. Esto no ha sucedido, pero ya que el artículo establece esa posibilidad en caso de “muerte, renuncia o cualquier otra cosa”, se abre esa alternativa. La pregunta es ¿hasta dónde llegará el pánico del Partido Republicano? Una cosa es cierta, con las semanas se incrementa.

miércoles, mayo 11, 2016

El camino a la Casa Blanca: cuesta arriba e incomodidad para el GOP.


Por Miguel Ángel Valenzuela Shelley

El escenario de una Convención disputada o abierta prácticamente ha desaparecido, con lo que se confirmaría la contienda entre Hillary Clinton y Donald Trump por la presidencia de los Estados Unidos de América. La elección tendrá lugar el segundo martes de noviembre –en esta ocasión martes 8- y aunque todavía falta que los candidatos acepten la nominación en sus respectivas convenciones, veremos de aquí hasta ese momento una gran cantidad de encuestas y proyecciones que de una u otra manera nos mostrarán parte del escenario electoral, principalmente en estados que podrían decidir quién ocupará la Casa Blanca en los próximos cuatro u ocho años. En este artículo presentaré la situación que parecen enfrentar ambos partidos, partiendo de la pregunta ¿podrá Donald Trump repetir la sorpresa y convertirse en el 45º presidente de los EEUU?
Aunque en un principio la élite política del Partido Republicano –el establishment Republicano- no consideró posible que Donald Trump fuese el eventual candidato del Grand Old Party (GOP) –como se conoce a dicho Partido- conforme la candidatura del empresario neoyorkino cobró fuerza,  aquella intentó evitar que se convirtiera en su abanderado. No obstante, el apoyo a John Ellis “Jeb” Bush, posteriormente a Marco Rubio y finalmente a Ted Cruz –quien inclusive trató de ganar delegados al nombrar a la otrora empresaria y precandidata Carly Fiorina como compañera de fórmula-  fueron infructuosos y probablemente ayudaron a la victorias de Trump en Florida, Indiana o Texas, en algún sentido. Es decir, Donald Trump está a punto de ser el candidato Republicano a la presidencia a pesar (o tal vez gracias) al establishment del GOP; habrá que ver cómo pesará esto en la elección general de noviembre.
De acuerdo al sistema electoral de los EEUU un candidato o candidata, necesita 270 votos del Colegio electoral para ganar la Presidencia, por lo que esa es la cantidad que se debe buscar en las sumas y restas de los votos del Colegio electoral que representa cada estado de la Unión. Toda vez que quien gana un estado se lleva todos los votos –a excepción de  Nebraska y Maine que pueden dividirlos, pero aportan muy pocos votos del Colegio electoral; 5 y 4, respectivamente- y que las ciudades más pobladas pueden decidir la elección, hay que poner atención en la distribución poblacional y sus características, lo que –dicho sea de paso- ha modificado el mapa electoral. Es decir, la población blanca tradicional (White Anglo Saxon and Protestant, WASP) ya no decide por sí sola cada vez más estados, y son las minorías las que lo están haciendo; mujeres, negros, latinos y homosexuales, principalmente, son grupos de ciudadanos que deben ser más tomados en cuenta como parte fundamental del crisol estadounidense, no sólo en el discurso, sino en las políticas públicas, en el ideario político. He aquí la clave de la cuesta arriba Republicana.
Le elección de 2012 alejó claramente a los Republicanos de las minorías; en aquella Obama obtuvo 332 votos del Colegio electoral contra apenas 206 de Mitt Romney. Pero más aún, confirmó la tendencia Demócrata al alza y la baja Republicana. Si comparamos el mapa electoral de 2004 (GW Bush vs JF Kerry) con el de 2012 (BH Obama vs WM Romney), los Demócratas han ganado en 2008 y 2012 los estados de Florida, Colorado, New Mexico, Ohio, Virginia, Nevada y Iowa, es decir 88 votos del Colegio electoral; eso explica la victoria en 2008 por 365 contra 173 y la ya mencionada en 2012 (332 versus 206), pero también es un indicador importante para esta elección, pues muestra una tendencia.
Donald Trump retó al establishment Republicano y ganó, lo que alimenta su afirmación con respecto a que puede ganar aún sin los Republicanos –refiriéndose a la élite del Partido- el problema para Trump es que si los Demócratas ganan los 19 estados que han ganado en las últimas 6 elecciones más Florida y Washington D. C., Hillary Clinton sería la 45ª presidenta de los EEUU al sumar 271 votos del Colegio electoral; y eso en una perspectiva en cierto modo conservadora, ya que algunas proyecciones dan a Clinton un resultado favorable de 337 contra 201 de Trump. Esta es una de las razones por las que la campaña de Trump y algunas casas encuestadoras, como Quinnipiac University, intentan manipular al electorado amañando algunos resultados en las encuestas. Por ejemplo, el día de hoy -10 de mayo- Donald Trump celebró en redes sociales el hecho de que un estudio de la mencionada Universidad lo ubica por delante de Hillary Clinton en un estado importante, representativo (cuestionable) y no definido, como es Ohio, sin embargo, este estado tiene un 79% de población blanca votante y el estudio se realizó con un 83%, cosa no menor toda vez que la diferencia entre el Republicano y la Demócrata es precisamente de 4%.
Un estado clave en las aspiraciones presidenciales y que ha sido muy peleado es Florida. Muchos podrían pensar que dado que dos de los principales contendientes por la candidatura Republicana pertenecen políticamente a dicho estado –Marco Rubio y Jeb Bush- los 29 votos que otorga Florida irían a la columna de Trump, pero los Demócratas han ganado las dos últimas elecciones ahí. En 2000 GW Bush ganó el estado por 537 votos, pero Obama lo hizo por poco más de 100 mil en 2008 y por cerca de 74 mil en 2012; y lo que es más, Clinton aventaja a Trump por 7% de acuerdo al promedio de Election Projection, según distintas encuestadoras en un reporte actualizado el día de hoy (mayo 10).
Si vemos el escenario desde la perspectiva Republicana la situación es peor, pues aún ganando los estados que tradicionalmente obtiene o que ha ganado en las últimas seis elecciones, el GOP contaría con 102 votos electorales, es decir que aún debería buscar 168 más. Cierto, es muy probable que gane 9 estados más que significarían 117 votos del Colegio electoral y podría pelear Colorado y Florida, que los llevaría a 255, pero aún así quedaría corto por 15 votos. La pregunta no es sólo de dónde sacaría esos votos, sino si alcanzará los votos necesarios para estar en la pelea, y es que la apuesta Republicana en las últimas dos elecciones ha sido por el voto blanco, alejándose de las minorías; estrategia que no sólo está repitiendo Donald Trump, sino que está yendo más allá al afirmar que podría ganar sin el establishment Republicano.
En cierta forma Donald Trump es la expresión de Obama en el GOP, es decir, Barack Obama tuvo un gran apoyo del electorado por ser un outsider, es decir, un político ajeno (hasta cierto punto) a la clase política tradicional, al establishment Demócrata. Por eso Trump ha tendido tanto apoyo en estados como Indiana o incluso Florida, pero Obama contaba con las minorías y eso decidió el proceso electoral; lección –al parecer- aprendida por el Partido Republicano al contar con candidatos como Carly Fiorina, Ben Carson, Ted Cruz o Marco Rubio, pero el candidato será Donald Trump. La carrera por la Casa Blanca está definida y al momento, es cuesta arriba para el Grand Old Party y su incómodo candidato.

jueves, abril 07, 2016

Se asoma una Convención abierta en el Partido Republicano


Las elecciones primarias del Partido Republicano el pasado martes 5 de abril en Wisconsin, no sólo dieron 36 delegados a la candidatura de Ted Cruz -con lo que se acerca a Donald Trump- sino que abre aún más la posibilidad de que los republicanos lleguen a su Convención Nacional en Cleveland (Ohio) a fines de julio sin un candidato definido. Es decir, ninguno de los actuales candidatos –Donald Trump, Ted Cruz o John Kasich- alcanzaría los 1,237 delegados necesarios para asegurar la candidatura de su partido, al finalizar las elecciones primarias o caucus el 7 de junio. En consecuencia el Grand Old Party (GOP), como se le conoce al Partido Republicano, tendría que definir a su candidato presidencial durante la Convención en una serie de elecciones que podrían cambiar completamente el panorama.
Tanto el Partido Demócrata como el Republicano tienen procesos internos para elegir al candidato presidencial en las elecciones generales de noviembre; estos son las elecciones primarias y caucus que se llevan a cabo en todos los estados de la Unión. Si un candidato alcanza el 50% + 1 del total de delegados –en esta ocasión 1,273 para el Partido Republicano- dicho candidato se convierte en el candidato del Partido, lo que se formalizará en la Convención Nacional. En este momento en el proceso del GOP,  Trump sigue al frente de la carrera por la suma de delegados con 743 frente a los 517 de Cruz y apenas 143 de Kasich, quedando en juego 775. Estas cifras evidentemente descartan a Kasich, obligan a Cruz a ganar 720 de los 775 en juego y a que Trump obtenga 494; aunque es más probable que éste lo logre, en realidad es difícil que los obtenga, considerando algunos de los estados en juego. Algunas proyecciones le otorgan a Donald Trump una cantidad final de delegados de 1,182 con lo que se quedaría corto por 55 delegados; no obstante, esto suponiendo que gane la mitad de los delegados en California, lo que estaría por verse. Pero ¿qué pasaría entonces?
De concretarse este escenario, el GOP enfrentaría la misma situación que se presentó en la Convención disputada de 1976 o la abierta 1948. En 1976 el Presidente Jerry Ford y el gobernador Ronald Reagan llegaron a la Convención de Kansas City para definir al candidato del Partido Republicano. Aunque Ford estaba al frente en la suma de delegados (1,130 versus 1,030 de Reagan) estuvo muy cerca de perder la nominación debido a estrategias de la Campaña de Reagan, como gritar We want Regan! en el lobby de la Convención, cabildeo con diversas delegaciones estatales o el intento de cambio de reglas para la nominación, obligando al candidato a que designara o revelara a su compañero de fórmula. A fin de cuentas y al no haber un nominado decidido antes de la Convención, se tuvo que llevar a cabo una elección entre los candidatos vigentes (Ford-Reagan); en ella hay delegados comprometidos con cada candidato, por lo que la pelea es por los candidatos no comprometidos. En la elección el Presidente Ford obtuvo los votos necesarios para ganar la nominación y se convirtió en el candidato Republicano; a esto se le denomina Convención disputada.
En la Convención de 1948 la situación fue aún más complicada, ya que llegaron a ella 3 candidatos: Thomas Dewey, Howard Taft y Harold Stassen. Al no haber alcanzado ningún candidato el número necesario de delegados para obtener la nominación, se llevó a cabo una elección, pero a diferencia del caso mencionado, ninguno obtuvo los delegados requeridos. Esta situación cambia importantemente el escenario, ya que a partir de este momento los delegados ya no están comprometidos con ningún candidato, y se realizarán cuantas elecciones sean necesarias hasta definir a un candidato. Pero además ya en la segunda vuelta, los delegados pueden proponer a un candidato que ya no esté en la contienda o que no haya estado; a esto se denomina  Convención abierta. En el caso de la Convención del ’48 no hubo propuestas de los delegados y Dewey obtuvo la nominación después de la segunda elección, no porque hubiese obtenido los delegados, sino por la concesión de Taft, antes de la tercera vuelta. No obstante, si la situación se presenta en la Convención de Cleveland, los delegados podrían proponer a Marco Rubio o a Paul Ryan, por mencionar algunos. Cabe mencionar que el senador por Florida Marco Rubio, ha expresado su deseo e intención de que los delegados con los que contaba hasta el momento de su retiro de la contiendo, permanezcan en su candidatura.
Por último, vale la pena mencionar al Comité de Reglas de la Convención Nacional Republicana y su probable impacto en la nominación. Una semana antes de la Convención, se reúne un Comité conformado por 112 delegados electos en Convenciones estatales, a fin de definir las reglas de la Convención e incluso establecer reglas que favorezcan o perjudiquen alguna candidatura. Dichas reglas pueden aplicar sólo por esa Convención y también pueden anular reglas establecidas en anteriores Convenciones. Ejemplo de ello es la Convención de ’76, cuando la Campaña de Ronald Reagan intentó establecer una regla –ya durante la Convención- para que el nominado estuviera obligado a nombrar a su compañero de fórmula, o la Convención de 2008, cuando se estableció que el nominado debía ser capaz de probar el apoyo plural de delegados en al menos 5 elecciones o caucus estatales. Esto permitiría favorecer, debilitar o imposibilitar alguna candidatura.
Debido a esta posibilidad, ahora más que nunca será muy interesante dar seguimiento a las próximas primarias en EEUU, principalmente el 19 de abril en New York y el 7 de junio en California, en donde se repartirán 95 y 172 delegados, respectivamente. El camino de Donald Trump hacia la nominación es más sinuoso de lo que se esperaba hace algunas semanas, y aunque Ted Cruz mantiene viva la esperanza de ser el primer latino como candidato a la presidencia de los Estados Unidos y el establishment republicano ahora puede ver una posibilidad para evitar la candidatura de Trump, el escenario es aún adverso.

martes, febrero 25, 2014

El “chapo” Guzmán no es bin Laden


Los medios electrónicos y escritos están llenos de un pleito simplón entre quienes aplauden a coro la captura de Joaquín Guzmán Loera y aquellos que sencillamente la descalifican como un circo publicitario. Entre aquellos que insisten nacionalistoidemente en que la captura es un hito en tema de seguridad y quienes dicen que el “chapo” fue arrestado por ordenes superiores desde Washington. A pesar de ello, algunos pocos se han preguntado cosas más interesantes como ¿y ahora qué?, ¿cómo se va a reflejar tal arresto en la seguridad del ciudadano común? y ¿será que el gobierno mexicano es capaz de ejecutar la sentencia del chapo antes de que se vuelva a escapar o alguien lo mate?

Sin embargo, hay una pregunta que sigue en el aire; en buena medida porque la respuesta es especulativa. ¿Por qué razón el gobierno estadounidense filtró la “noticia” a la Associated Press mucho antes de que se anunciase la captura en México? La respuesta simplona es que el gobierno de los Estados Unidos es mucho mas eficaz en el uso político y propagandístico de las filtraciones a los medios que el propio gobierno mexicano. Esto es cierto; la Casa Blanca y el Congreso estadounidense tienen mucha experiencia en el uso privilegiado de la información y su filtración. La pregunta siguiente, en este caso, sería ¿qué ganaba la casa blanca con hacer saber a los estadounidenses o al mundo sobre la captura del “chapo” en primicia? Pareciera que el mensaje estaba dirigido a alguien más. Y es un mensaje que requiere interpretación.

Interpretemos entonces e imaginemos la deliberación detrás de la filtración: “el gobierno mexicano (vecino, amigo, socio, ahora con energéticos liberalizados, y con quien nos acabamos de sacar la foto) acaba de arrestar al delincuente más buscado (más adinerado y más poderoso según algunos) en la historia contemporánea de México. Lo encontró y arrestó hace pocas horas con nuestro apoyo en inteligencia pero en realidad lo hicieron ellos solos. ¿Por qué no filtramos la noticia del arresto y le arruinamos los bombos y platillos?” En verdad no creo que esta haya sido la intención de la filtración. Entonces ¿por qué no esperar a que el gobierno de Peña Nieto diese la noticia, filtrando primero la nota y saliendo a declarar después?

Es probable que el mensaje detrás de la filtración haya sido: “Ya capturaron al “chapo” Guzmán (nosotros estamos seguros de su identidad aunque el gobierno mexicano no). Lo capturaron con vida (no lo vayan a matar, desaparecer o liberar), el “chapo” no es bin Laden vale más vivo que muerto. Además queremos que reconozcan nuestro trabajo de inteligencia aunque no la presencia de nuestros agentes. Y como reconocen la importancia (fundamental) de la información que les dimos para su captura no nos vayan a negar su extradición.” Esta parece más la razón de la filtración.

Que el “chapo” Guzmán esté de nuevo tras las rejas es de aplaudir ciertamente; que se haga uso de la información que se obtenga para hacer lo mismo con quienes le otorgaron asilo y protección durante estos años lo será más. Esperemos unos días y veamos si el gobierno mexicano puede generar algo tangible de este arresto o si se queda como llamarada de petate. También esperemos a ver si el “chapo” se libra de ser extraditado o no, tal vez nuestros vecinos ya entregaron más explícitamente el mensaje en Los Pinos.

jueves, noviembre 14, 2013

Ideologizando la banalidad del mal

Segunda parte, el asesinato discriminado de civiles 

Por Amando Basurto.-

El ejército estadounidense, en coordinación con la Agencia Central de Inteligencia (C.I.A.), ha utilizado vehículos aéreos no tripulados (drones) en su “lucha contra el terrorismo”. Estos vehículos telecomandados han sido utilizados, de manera sistematica durante los últimos diez años, para el asesinato (ejecución) de líderes de Al-Qaeda y talibanes en Pakistán y Afganistán. En el año 2010, reporta The Bureau of Investigative Journalism, 874 personas fueron asesinadas por drones; este número se ha reducido este año a “sólo” 93 (los datos de la proporción de las llamadas víctimas civiles varía entre 6 y 2% del total) y eso mantiene a la administración Obama defendiendo su uso.

Uno de los argumentos a favor del uso de vehículos no tripulados es que hacen las operaciones antiterroristas mucho menos caras financiera y humanamente. Desde la reducida perspectiva de quienes defienden el asesinato de “terroristas” a control remoto, el uso de drones evita tener que organizar operaciones muy elaboradas, que sean proclives a un mayor margen de error, que pongan en riesgo la vida de tropas estadounidenses y que generen un alto numero de víctimas civiles. Esta perspectiva, con un realismo que atenta contra el sentido común, supone que la alternativa es solamente entre enviar tropas o utilizar aeronaves no tripuladas para matar “terroristas” (como sucedió en el caso de la “aprehensión” de Osama bin Laden) por lo tanto desconoce no sólo el problema de legitimidad y legalidad de las ejecuciones extrajudiciales, también peca de asumir que las víctimas civiles “no terroristas” son daño colateral justificado.

Quienes critican el uso de drones para el asesinato de terroristas a larga distancia, lo hacen desde varias perspectivas. Hay quienes simplemente rechazan esta práctica por ser una actividad táctica que pone en riesgo la estrategia general de contraterrorismo estadounidense por básicamente dos razones: el uso de drones ha hecho que por un lado, pequeños grupos de extremistas islámicos se vuelvan mucho más activos y tengan mayo poder de reclutamiento y, por el otro, ha propiciado la enajenación de naciones aliadas. En el otro extremo de las perspectivas críticas se encuentran aquellos individuos y organizaciones (como Amnistía Internacional) que se enfocan en señalar la ilegalidad de los ataques y la violación masiva de derechos humanos que conllevan. Es evidente a todas leguas que los ataques con naves no tripuladas son ilegales y sólo son legítimas para quienes creen que una ejecución extrajudicial es una expresión de justicia.

El concepto de “banalidad del mal” de Hannah Arendt (ver primera entrega de este artículo) suma un ángulo nuevo a todos estos argumentos y perspectivas. Sin dejar de reconocer los problemas tácticos o políticos, o enfocarse a señalar el dolor de las víctimas y el abuso grave de sus derechos, exige que reconozcamos el grave colapso moral y el desafío legal y judicial que el uso de drones representa. La nueva táctica contraterrorista estadounidense es una expresión de, ambos, un nuevo tipo de crimen y de criminal. Por un lado, la ejecución extrajudicial contraterrorista de carácter internacional implica un asesinato discriminado de civiles; es decir, es una ejecución que distingue (discrimina) de antemano el tipo de víctimas al etiquetarlas como “terroristas” o “civiles”. Sólo de esta manera se puede entender que se reporte, como hizo el mismo gobierno paquistaní el 30 de octubre pasado, que desde 2008 los ataques con drones han generado 2,227 víctimas, de los cuales “sólo” 67 son civiles. ¿Cómo sabemos que 2,160 de esos individuos eran “terroristas”? ¿Por qué esos “terroristas” no son civiles? Por el otro lado, cómo explica Arendt al respecto de Adolf Eichmann, el tipo de criminal al que aquí nos enfrentamos es nuevo, no solamente porque todos los partícipes en la cadena de toma de decisión son responsables directa o indirectamente, sino porque el ejecutor final, quien jala el gatillo, no está presente al momento de la ejecución. Lo que jala es un gatillo virtual, lo que facilita el asesinato discriminado de civiles sin motivo ulterior.

Todo esto nos pone frente a una serie de desafíos: ¿cómo enjuiciar moralmente a alguien que está asesinando “terroristas” bajo ordenes militares? ¿cómo enjuiciar moralmente a quien considera que 2 o 6 % de los asesinados son daño colateral ya presupuestado y justificado? ¿cómo enjuiciar judicialmente a alguien que asesina no sólo siguiendo órdenes sino jalando un gatillo meramente “virtual”? ¿cómo enjuiciar –políticamente­– a un régimen que asesina a 2,227 personas en menos de cinco años bajo la protección ideológica de la victimización resultado de los ataques del 11 de septiembre de 2001? Y finalmente ¿cómo emitir todos estos juicios sin defender o justificar el terrorismo en ninguna de sus expresiones?

Estas preguntas no tienen hoy una respuesta, no sólo porque es muy difícil contestarlas sino porque no nos hemos atrevido a formularlas.

martes, noviembre 12, 2013

Ideologizando la banalidad del mal

Primer parte, sobre una nueva forma de criminalidad

Por Amando Basurto.-

Este año se cumplen 50 de la publicación de Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal, que Hannah Arendt escribió originalmente en forma de reporte para The New Yorker. A pesar de su longevidad, el texto no pierde vigencia debido al minucioso énfasis sobre la “banalidad del mal” que hizo evidente el juicio contra Adolf Eichmann, en 1961, por crímenes que cometió contra el pueblo judío siendo oficial de la S.S. (especialista en la asuntos judíos) durante el régimen Nazi. A Eichmann se le conoció como el arquitecto detrás de la llamad “solución final”, el exterminio de los judíos.

El aniversario del texto ha detonado una serie de publicaciones alrededor de los temas que Arendt aborda en él. A esto se ha sumado la gran publicidad que la “banalidad del mal” ha obtenido con el filme “Hannah Arendt” presente en carteleras este año. El problema reside en el abuso que el concepto sufre a manos de quienes terminan ideologizándolo. Ese es el caso del texto “Trivializar el mal” (publicado en el portal de Letras Libres el pasado 4 de octubre); en él Juan Carlos Romero Puga escribe: “Intento traer la reflexión al escenario actual, luego de ver una foto de Eduardo Verdugo, de Associated Press, en la que se aprecia a un policía al que un grupo de provocadores ha bañado en gasolina y prendido fuego, durante la conmemoración de la matanza de estudiantes del 2 de octubre de 1968. A la difusión de la imagen le siguen comentarios festivos en redes sociales: “Si los policías no arden, ¿quién iluminará esta oscuridad?”, “Bien merecido a ese pusilánime que en lugar de defender al pueblo se abalanza contra él” o “No es legal, pero si muy divertido, el olor a policía quemado es muy similar al de cerdo quemado” [sic].” Ante esto Romero asevera: “Arendt puso de manifiesto que el mal puede ser obra de la gente común, de aquellos que renuncian a pensar para abandonarse a la corriente y herir al otro hasta la muerte, mientras creen desempeñar un papel de cambio. Ellos y sus compañeros de ruta, los que justifican a través del discurso y dan un valor moral positivo a un acto criminal, retratan a la perfección ese concepto acuñado hace 50 años: la banalidad del mal.” El texto de Carlos Romero muestra no solamente una falta de conocimiento sobre el argumento de Hannah Arendt sino, también, una peligrosa tendencia a ideologizarlo para simplemente usarlo en contra de toda manifestación de violencia.

El argumento principal de Hannah Arendt es que los sistemas modernos legales (que le otorgan centralidad a la ‘intención de hacer mal’) y la legislación internacional (que no discriminaba entre homicidio y genocidio) no estaban preparados para lidiar con criminales no-ordinarios –como Eichmann– que cometen crímenes no-ordinarios (crímenes contra la humanidad). Arendt comprendió que los crímenes cometidos por quienes participaron en el gobierno Nazi (y en especial por los involucrados con la llamada “solución final”) eran todo menos comunes: un crimen contra la humanidad es un crimen en masa no sólo por la cantidad de víctimas sino también por la cantidad de aquellos que lo cometen; lo que quiere decir, paradójicamente, que el nivel de responsabilidad de los involucrados no depende de su proximidad con el individuo –al final de la jerarquía– que ejecuta las ordenes al jalar del gatillo. El crimen es cometido tanto por el que da la orden, por quienes la transmiten, por quienes aseguran los medios para su eficiente ejecución como por quien comete el asesinato físicamente.

Presenciar el juicio de Eichmann le permitió a Arendt comprender que nuestra imagen tradicional del mal y nuestra idea sobre el fanatismo religioso o ideológico no eran suficientes para comprender las atrocidades cometidas por el gobierno Nazi. Eichmann había participado en el exterminio de judíos de manera voluntaria pero aparentemente sin motivos ulteriores; es decir, el principal “ingeniero” de la “solución final” no odiaba a los judíos, no había rastro en él de anti-semitismo. Su crimen, como lo expuso él mismo, había sido seguir ordenes (aunque, como podemos interpretar siguiendo a Arendt, el crimen de Eichmann había sido no resistir o no desistirse de seguir ordenes). ¿Cómo ejecutar ahora a un “asesino en masa” que no había matado a nadie?, ¿cómo enjuiciar a alguien que no tenía otro motivo para cometer uno de los mayores crímenes del siglo XX que el de la ‘obediencia’? A esto se refiere Arendt con banalidad del mal: a que los aparatos burocráticos y los avances en el desarrollo en armamento hacen posible que alguien, sin mayor motivo y sin jamás empuñar un arma, pueda ser responsable de hechos atroces.

Querer hacer pasar la violencia y los “comentarios festivos” alrededor de ella como una expresión de lo que Arendt denominó banalidad del mal resulta en nada más que una caricatura socarrona. La banalidad del mal es una expresión de criminalidad que no tiene motivación más allá que la ejecución de una orden, que no tiene relación con frustración o venganza personales y que no tiene carga ideológica. En este sentido, las demostraciones de violencia vividas en las calles de la ciudad de México el pasado 2 de octubre distan mucho de ser expresiones de la banalidad del mal. En realidad, el fenómeno contemporáneo más adecuado para ejemplificar la “banalidad del mal” es el uso que hace el gobierno estadounidense de aeronaves no tripuladas (drones) para ejecutar extrajudicialmente a presuntos terroristas, terminando de tajo con la distinción entre civiles y soldados. A explicar este ejemplo dedicaré la segunda entrega de este artículo.