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lunes, agosto 31, 2020

Una Convención Nacional Demócrata poco convencional. La nominación formal de Joe Biden

 Por Amando Basurto

De lunes a jueves de esta semana se llevó a cabo, de manera remota, la Convención Nacional Demócrata. La Convención no sólo tiene el objetivo de nombrar oficialmente a su candidato a la presidencia sino de proponer y adoptar principios y agendas que conforman la plataforma del partido durante el resto de la campaña. En ella participan los grupos de delegados electos como resultado de las elecciones primarias por estado o territorio.

El día martes se realizó el pase de lista a las delegaciones, en el que se registra la asistencia y cada una de estas emite sus votos por el o los candidatos conforme a los resultados de las primarias. Regularmente el pase de lista es monótono y soporífero; los votos obtenidos se emiten en orden alfabético y el proceso tiende a ser mera formalidad. Sin embargo, la “virtualidad” del encuentro y de la emisión de votos permitió que algo de informalidad transpirara a través y aligerara el proceso. En un tono mucho más festivo y combativo, y desde locaciones alrededor del territorio estadounidense (icónicas en su mayoría), cada delegación aprovechó su breve discurso de votación para criticar y condenar a Donald Trump y su administración.

Probablemente lo más esperado de las Convenciones Nacionales son las voces de los oradores más icónicos de cada partido. Estos discursos tienen el objetivo de enfatizar elementos clave de la agenda y programa del partido de cara a las elecciones pero, también, de convencer y movilizar a los indecisos. Los oradores destacados incluyeron a Michelle y Barack Obama, quienes enfatizaron la incapacidad de liderazgo político y moral de Donald Trump, así como el grave riesgo constitucional que su administración ha representado; a Bernie Sanders, quien refrendó su apoyo a la candidatura de Joe Biden con la intención de impulsar la agenda de su propio movimiento; y a Andrew Cuomo, gobernador de Nueva York, quien explicó que Donald Trump no había creado la división (racial-ideológica) que afectaba al país sino que, al contrario, Trump era resultado de esta.

Especial atención se debe poner al hecho que Republicanos como John Kasich (exgobernador de Ohio) y Collin Powell (exsecretario de Estado) ofrecieron discursos de crítica a la administración Trump y de apoyo a la candidatura de Biden. Los Demócratas incluso presentaron, muy estratégicamente, la declaración de un veterano de la Segunda Guerra Mundial, Ed Good, quien se dijo Republicano de por vida pero denunció a Donald Trump como el peor presidente de la historia.

El gran reto de la Convención fue equilibrar la presencia de Joe Biden y Kamala Harris. Debido a su nominación tardía hace solamente una semana, Harris había prácticamente monopolizado los reflectores mediáticos y la Convención mantuvo un importante tono de inclusión y diversidad hasta el miércoles que esta dio su discurso de aceptación acompañada de una carretada de oradoras y presentaciones que enfatizaron el hecho de que es la primer mujer afrocaribeña/indo descendiente nominada por uno de los principales partidos nacionales. El discurso de Harris fue conciso y fuerte, lleno de vivencias personales llevadas a analogías comunes y generalizables en un intento de mostrarla como representante de muchas y muchos y haciendo gala de su gran capacidad de oratoria y experiencia.

El jueves fue distinto. Frente al dinamismo y fuerza discursiva de Harris había que mostrar a un Joe Biden vital, fuerte, claro en ideas y solícito. Es frente a este reto que la Convención presentó su principal éxito. El cierre de la Convención hizo un eficaz uso de la enorme experiencia de servicio público de Joe Biden (uno de los candidatos Demócratas a la presidencia con mayor experiencia política de un partido cuyos candidatos exitosos tienden a ser estrellas en ascenso como Kennedy y Obama). La presentación de un Biden exitoso, sensible y responsable se realizó de manera impecable. 

Su discurso de aceptación de la candidatura presidencial tuvo como tema central la necesidad de proyectar luz en medio de tiempos de penumbra, definiendo la elección de noviembre como una batalla entre el bien y el mal, entre el amor y el odio; aunque las referencias político-teológicas de luz en tiempo de penumbras pueden ser muchas, me parece que la referencia más cercana de inspiración para este discurso de Biden es el discurso de Martin Luther King Jr. en diciembre de 1957 llamado “Loving your enemies” (fuente de inspiración por demás oportuna). Otro elemento central en el discurso fue la referencia al New Deal de F. D. Roosevelt (que junto con la lucha por los derechos civiles durante los años 60 conforman el núcleo ideológico del partido). 

Si algo estuvo ausente fue cualquier referencia a los trabajadores del sector del carbón, posiblemente asumiendo estados como Virginia Occidental y Kentucky como territorios perdidos (frente a la insistente referencia a los trabajadores del sector automotriz fuertemente concentrado en Michigan).

Los Demócratas saben que la elección de Biden depende de la participación masiva del electorado; también los Republicanos lo saben y ahora el balón está en su cancha, habrá que esperar para ver como intentan movilizar a su base sin reducir el nivel de abstencionismo de 2016.

Originalmente publicado en Cuestione el 21 de agosto 2020

miércoles, septiembre 06, 2017

La potencialidad política de la incertidumbre de los Dreamers

Por Amando Basurto -

Ayer por la mañana, el Presidente Donald Trump rompió el impasse en su decisión y promesa de rescindir el programa Deferred Action for Childhood Arrivals (DACA) que ofrece protección provisional a alrededor de 800,000 jóvenes que arribaron indocumentados a los Estados Unidos antes de la edad de 16 años. En un anuncio pronunciado por el Fiscal General Jeff Sessions, la administración Trump denunció, una vez más, al programa DACA como una orden ejecutiva inconstitucional que evadía al poder legislativo de la nación y que, al otorgar licencia laboral temporal a los beneficiarios, roba oportunidades laborales a estadounidenses. El programa ya no admitirá nuevas solicitudes y permanecerá activo por los siguientes seis meses antes de su desaparición definitiva.

El anuncio generó una oleada de respuestas y movilizaciones en contra de la decisión de la administración Trump. Llamados generalizados a defender el programa DACA no se hicieron esperar e inundaron las redes sociales. No es para menos; la decisión anunciada ayer aumenta la incertidumbre de cientos de miles de migrantes que gozaban de protección temporal. Sin embargo, los medios masivos de información se dedicaron toda la tarde y noche de ayer a generar un ambiente de pánico y aprovecharon la angustia generada por el anuncio para generar ratings. Poner el problema en perspectiva ayuda a entender por qué la decisión del gobierno Trump, a pesar de ser una grave agresión, también es una oportunidad.

Lo primero que hay que tener en cuenta es que DACA siempre fue un mero paliativo, una legislación de acción diferida. No fue un gran legado de Barack Obama sino un parche electorero decretado el último año de su primera administración como resultado del fracaso legislativo de una reforma integral sobre migración y de la presión ejercida por la movilización de organizaciones civiles. Lo óptimo, una vez teniendo establecido el programa DACA, habría sido rescindirlo hasta tener una legislación migratoria que ofreciera soluciones justas al problema de los millones de indocumentados en los Estados Unidos. Sin embargo, “lo óptimo” requería de condiciones políticas específicas que fueron canceladas cuando Hillary Clinton perdió las elecciones.

Prácticamente todos los estudiantes que se me acercaron con preguntas tras una conferencia que ofrecí al día siguiente de las elecciones presidenciales en SUNY en noviembre pasado inquirieron sobre el futuro de DACA, sobre su futuro. Mi respuesta fue sencilla: el programa tiene sus días contados, no veo una razón por la que Donald Trump lo mantendría activo. El Presidente Obama y los legisladores de este país los pusieron en una situación de vulnerabilidad al haber creado DACA con una orden ejecutiva. Esto no significa que el fin de DACA represente ni su deportación automática ni el fin de sus aspiraciones; lo que significa es que tienen que prepararse para ejercer presión efectiva y coordinada en cuanto el programa sea cancelado.

La lógica con la que la administración Trump anuncia la rescisión del programa no deja de ser siniestra (nativista y populista) pero pone el dedo sobre la llaga: el problema de inmigración en los Estados Unidos demanda de una solución de carácter integral y permanente y la terminación gradual del DACA crea un incentivo para que el Congreso actúe. Tampoco hay que engañarse, la agenda del Presidente Trump no es la agenda de los llamados Dreamers, por lo que estos tendrán que ejercer presión independientemente de lo que proponga el ejecutivo. Irónicamente, la rescisión de DACA y la gran presión que se pueda ejercer desde la sociedad civil podría generar una alianza de los Demócratas en el Senado con suficientes Republicanos moderados a favor de finalmente legislar sobre el tema de migración; de ser así, Donal Trump obtendría una “victoria” de esas que tanto le son hoy ajenas.



Amando Basurto Salazar 

Doctor en Política por la New School for Social Research y Maestro en Estudios en Relaciones Internacionales por la Universidad Nacional Autónoma de México. Actualmente realiza una estancia postdoctoral de investigación en el Posgrado de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM
@amandobasurto

miércoles, mayo 10, 2017

Nota sobre el despido del Director del FBI por Donald Trump

Por Amando Basurto-

Ayer por la tarde el presidente Donald Trump hizo uso de una facultad ejecutiva -que usualmente no se utiliza para evitar que las agencias de inteligencia estadounidenses (FBI, CIA) sean politizadas- y despidió a James Comey como Director del Federal Bureau of Investigation (FBI). El despido es resultado, explica el ejecutivo, del mal manejo que Comey ha hecho en el caso de los "correos electrónicos de Hilary Clinton". Muchos medios desde la tarde de ayer han dicho que esto no tiene sentido porque el mal manejo del caso es público desde antes de que Trump fuese juramentado presidente y que, además, el despido es evidentemente un intento de descarrilar las investigaciones sobre la posible coordinación entre miembros del equipo del Presidente y "Rusia".

Primero habría que dejar en claro que el despido de Comey realmente atenta contra la estabilidad institucional gubernamental (especialmente contra la independencia del poder judicial) y, a su vez, incrementa la volatilidad de una administración que es ciertamente inconsistente. Sin embargo, el mal manejo del caso de los correos electrónicos se refiere a la última comparecencia de Comey en el Congreso y la nota aclaratoria -que envió ayer mismo el FBI (antes del despido de Comey) aclarando a la Comisión del Congreso importantes imprecisiones en la comparecencia de su Director. Ésta fue la gota que derramó el caso y fue la excusa perfecta para que Trump se deshiciera de Comey y ahora intente designar a alguien a modo (alguien que sea su "empleado" pero bajo presión del Procurador General).

Creo que mucha atención debería prestarse a la carta en la que Trump despide a Comey, ya que contiene una declaración que intenta autoexculpar, ex ante, al Presidente: "While I greatly appreciate you informing me, on three separate occasions, that I am not under investigation, I nevertheless..."

¿Qué tiene que ver el que Trump "reafirme" que no está bajo investigación con la recomendación del despido de Comey emitida por la Procuraduría General (Attorney General)? ¿Cuál es la relación entre "no estar bajo investigación" y los correos de Hilary Clinton? Nada, no parece haber relación. Dos son las cosas que se pueden derivar de la frase incluida en la carta: 1) lo que Trump le está expresando a Comey es que lo tenía que despedir a pesar de haber sido fiel y haberle cubierto la espalda (asegurándole no una sino tres veces que no estaba bajo investigación; lo que quiere decir que muy probablemente Trump le preguntó esto por lo menos tres veces); 2) que Trump (sea cierto o no) se autoexculpa automáticamente al comprometer públicamente al Director del FBI diciendo que le había dicho tres veces que no estaba bajo investigación (y al parecer no cuando cantase el gallo). A mi me parece, sin embargo, que más que exculpar la carta acaba incriminando al presidente. Este es sólo el inicio de una macabra novela.


Amando Basurto Salazar

Doctor en Política por la New School for Social Research y Maestro en Estudios en Relaciones Internacionales por la Universidad Nacional Autónoma de México 
@amandobasurto

jueves, febrero 09, 2017

Stephen Bannon y la Alt right, tras el poder en Washington.


Hace apenas algunas semanas que inició la Administración Trump y ya varios países se han enfrentado a polémicas, cuestionables o francamente condenables señalamientos, acusaciones, decisiones, iniciativas, políticas, ideas u ocurrencias de la Casa Blanca. Donald Trump y su presidencia tuitatorial (dictadura tuitatorial, como la denominó Amando Basurto  http://www.nomospolitico.com/index.php/item/la-dictadura-tuitatorial-de-donald-trump?category_id=6 ) han mantenido al mundo en un hilo esperando a ver cuál es su siguiente ocurrencia, de qué magnitud y contra quién. México, Alemania, Australia, China, Yemen, los musulmanes y hasta el Papa Francisco han sido algunos de los objetivos de Trump y sus tuits, pero sobre todo de sus políticas. Sin embargo, aunque Trump encabece el gobierno estadounidense, tal vez deberíamos preocuparnos más por su principal estratega Stephen Bannon, a quien mucho consideran el poder detrás del poder o el verdadero mandatario.
Ha llamado mucho la atención –por lo decir lo menos- el poder que ha cobrado Bannon y la influencia que tendrá en la toma de decisiones, al darse a conocer que ocupará un cargo en el Consejo de Seguridad Nacional (CSN). Esta modificación a la estructura del CSN, es decir otorgarle un lugar formal a un asesor, no tiene precedentes en la política estadounidense y es aún más polémica, toda vez que Trump le limitó la participación al Consejo, del Jefe del Estado Mayor Conjunto y del Director de Seguridad Nacional, a sólo algunas reuniones. El nombramiento ha generado duras críticas no sólo de medios como el New York Times, el Washington Post, Time, BBC o The Guardian, sino de parte importante de la clase política como los demócratas Nancy Pelosi, Bernie Sanders, Harry Reid y Robert Reich, e incluso de algunos republicanos como el senador John McCain.
Stephen Bannon –quien trabajara en Goldman & Sachs y que fundara la organización Government Accountability Institute (GAI) que investiga políticos en diversos temas- fue miembro fundador del sitio web Breitbart News, y su director desde 2012 hasta 2016, cuando dejó el cargo para convertirse en el jefe de la campaña presidencial de Donald Trump. Breitbart News Network es un sitio web creado en 2005 por Andrew Beitbart, con una agenda conservadora y pro israelí; sin embargo, al hacerse cargo Bannon de Bretibart –debido al fallecimiento de su fundador- el sitio web se volvió  radical, siendo ubicado hoy como de ultraderecha. De hecho el propio Stephen Bannon lo consideraba –y lo considera- la plataforma del Alt right. Alt right o Alternative right, es un movimiento de extrema derecha en los EEUU que promueve la supremacía blanca, el nacionalismo blanco, el antisemitismo, el populismo de derecha, la islamofobia y la oposición a la inmigración legal o ilegal. Esta radicalización de Breitbart permitió fuertes alianzas con organizaciones de ultraderecha en Europa, e incluso establecer una sede en Londres y otra en Jerusalem. Este éxito, y su papel en la cinematografía como productor, le otorgó el reconocimiento de el Leni Rifenstahl de la ultraderecha estadounidense.
Ahora Bannon parece estar empujando su agenda o la de Alt right desde la Casa Blanca, al suspender la Administración Trump el programa de refugiados sirios, bloquear el ingreso de personas de siete países de mayoría musulmana, preparar la expulsión de inmigrantes ilegales, presionar a diversas ciudades –llamadas santuario- para que colaboren con Washington en la detención y deportación de dichos migrantes o la nominación de Neil Gorsuch a la Suprema Corte. A esto habría que agregar la aparente intención de la Administración Trump de aislar políticamente al Papa Francisco –a quien Bannon acusa de socialista- o al menos presionarlo a través del cardenal estadounidense en el Vaticano, Raymond Burke.
Ya sea el Rifenstahl o Goebbels de la ultraderecha -aunque en dado caso creo que el comparativo es injusto para aquéllos, pues el símil sería con Karl Rove, Dick Cheney y/o Richard Perle en la Administración Bush- Stephen Bannon ha permitido darle prioridad o al menos articular la Agenda de la Alt right con la de Trump, en caso de que estas sean distintas, al menos en matiz. Algo similar sucedió con la Administración de George W. Bush y el Neoconservadurismo, cuando -gracias a los atentados del 11 de septiembre de 2001- individuos como Wolfowitz, Rumsfeld, Cheney o Perle lograron establecer la agenda neoconservadora en Washington. No obstante, a diferencia de aquel momento, Bannon –y otras personas cercanas a Trump como Kellyane Conway o Jared Kushner, unos de los monumentos al nepotismo trumpiano- no han necesitado de un evento traumático para impulsar su agenda, simplemente la han impuesto.
Esto lo que nos dice es que los tuits, las ocurrencias, iniciativas o las políticas de la Administración Trump, no sólo tienen más fondo de lo que podríamos haber pensado, sino que son parte de una agenda que proviene no de un empresario que cree que es CEO de la United States Company, sino de un grupo político bien establecido y con amplias relaciones en los medios de comunicación, las finanzas y los movimientos de ultraderecha como el Tea Party o el Ku Klux Klan. Afortunadamente, a diferencia de los neoconservadores, no tienen tanto posicionamiento en ámbitos como las universidades o la clase política tradicional, por lo que sin duda enfrentarán resistencia desde muchos frentes. Pero, desafortunadamente, la Alt right apuesta a la irracionalidad, a la sin razón, a las emociones, al miedo, al odio, lo que hace que tenga mucho apoyo en la población afectada por la clase política tradicional –ya sea demócrata o republicana- y sus promesas incumplidas y su corrupción, los sofismas y costos del libre comercio y la globalización. Escenario que, huelga decir, no sólo viven los Estados Unidos. El fantasma de la ultraderecha, aquí representado por Bannon y la Alt right, recorre mucho más que Europa.

lunes, diciembre 05, 2016

Fidel Castro, el superhéroe


Por Amando Basurto.-

Se retiró, murió, lo homenajearon y ahora sus cenizas han sido sepultadas. Todo esto no ayudará, de manera alguna, a obtener una imagen más clara del valor, de la capacidad de liderazgo, ni de los errores de Fidel Castro. Como genio y figura, Fidel permanecerá en los anales de la historia bajo un grueso velo tejido tanto con desaprobación como con canonización revolucionaria. Mucho se ha escrito en la última semana sobre él; algunos textos enfatizan y refuerzan el carácter personalísimo de la revolución cubana y resultan elegíacos, otros se concentran en la descalificación caudillista y dictatorial de su liderazgo político, y algunos otros, especialmente obituarios, narran su historia desde un ángulo más privado y familiar. Me parece, sin embargo, que algo ha estado ausente: un relato de cómo Fidel se convirtió en un superhéroe. Es sobre este tema que ofrezco unas líneas aquí.

Fidel era un líder nato. Su activismo estudiantil lo llevó a presenciar tanto una revuelta en contra de Rafael Trujillo en República Dominicana como el masivo movimiento liberal de José Eliécer Gaitán en Colombia. No sólo era un gran orador, también destacaba por su articulada prosa y dotes atléticos. Pero Castro no era un ideólogo comunista ni anti-estadounidense en ciernes; muy por el contrario, en el año 1947 militaba en un partido anticomunista (Ortodoxo) y en 1948 se casa con Mirta Diaz (de familia adinerada) y pasan dos meses de luna de miel en las ciudades de Miami y Nueva York.

Su liderazgo rebelde encontró su mejor escaparate en las movilizaciones civiles en contra de la dictadura de Fulgencio Batista (quien tras un golpe de estado tomaba por tercera vez control directo del gobierno cubano en 1952). Los discursos de Castro en contra de Batista se concentraban en dos demandas centrales: la reinstauración del orden constitucional de 1940 y una agenda general de justicia social. Es con miembros del mismo Partido Ortodoxo que Fidel y Raúl organizan y realizan el ataque al cuartel Moncada (26 de julio de 1953) que pretendía iniciar una movilización armada masiva en contra de la dictadura. El fracaso de la rebelión significó la muerte para muchos de los alzados mientras otros, incluyendo los hermanos Castro, terminaron en prisión. De la autodefensa judicial de Fidel Castro heredamos el discurso y texto "La Historia me Absolverá" cuyos principales argumentos, es importante insistir, son en contra de la dictadura y de la grave situación de injusticia social en Cuba, pero no es un panfleto ni socialista, ni comunista y mucho menos anarquista. Fidel y Raúl fueron liberados tras dos años de cárcel porque, se puede deducir, Batista consideró que eran más peligrosos como presos políticos (y mártires en activo) que libres. Así que estos se exiliaron y organizaron el lanzamiento de la revolución desde México con financiamiento, por mediación de Carlos Prío, desde los Estados Unidos de América.

Tras el desafortunado desembarque rebelde cerca de Manzanillo, Cuba, y durante su reagrupamiento en Sierra Maestra, Fidel tuvo que liderar con mano de hierro, no sólo para evitar pillaje y violaciones a la población civil por parte de sus hombres (fenómeno que, a pesar de ser común en casos de rebeliones prolongadas, no es característico de la revolución cubana), sino también para controlar los bríos radicales de su propio hermano y de Ernesto Guevara. Éste es el Fidel que, desde la sierra, logra coordinar esfuerzos con los estudiantes y la sociedad civil tanto en Santiago como en La Habana.

Al triunfar la revolución (tras la huída de Fulgencio Batista) Castro encabeza el gobierno revolucionario y se prepara, no para visitar Moscú y alinear a Cuba al socialismo internacional soviético, sino para visitar las ciudades de Nueva York y Washington D.C. Con el fin de negociar el reconocimiento estadounidense al nuevo gobierno de Cuba. Castro es recibido multitudinariamente en los Estados Unidos como héroe, como el liberador de Cuba; pero el presidente Dwight Einsenhower, haciendo gala de incomprensibles desdén e ignorancia, decide no recibirlo y Castro sólo tiene oportunidad de hablar brevemente con Richard Nixon. ¿Por qué Einsenhower se rehusaría a sentarse con Castro, quien va hasta Washington a pedir audiencia? Si se hubiese dado el encuentro ¿quién creen ustedes que hubiese podido imponer condiciones? Evidentemente el presidente estadounidense pudo haber asegurado cierto respeto y seguridad a una parte de los intereses económicos de su país en la isla, aunque ya no más en las condiciones de semicolonialismo en las que Cuba se encontraba desde 1898; sin embargo, Einsenhower seguramente pensó que era más fácil intentar deshacerse del gobierno revolucionario de un manotazo. Castro entonces vio la oportunidad y la necesidad de utilizar a su favor el delicado equilibrio que la guerra fría representaba en ese momento y, aún sin declararse a sí mismo o al régimen cubano como socialista, estableció relaciones diplomáticas con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

En otra muestra de gran incapacidad diplomática, el gobierno de Einsenhower decidió organizar un golpe contrarevolucionario al estilo de aquel orquestado por la CIA en Guatemala contra el Gobierno de Jacobo Arbenz en 1954. Así se fraguó el fallido desembarco en Bahía de Cochinos que se llevó a cabo en abril de 1961. Bajo el liderazgo de Fidel Castro los cubanos lucharon contra este grupo paramilitar de exiliados cubanos dirigido, financiado y armado por la CIA no en defensa de la revolución sino en defensa de su independencia nacional. Es pues la miopía política estadounidense la que genera las condiciones y facilita que Fidel, héroe revolucionario, se convierta en un superhéroe cubano y en un mito viviente. Sólo después de la defensa de Bahía de Cochinos es que el régimen revolucionario cubano será declarado socialista.

Podemos pues estar de acuerdo o no con el régimen revolucionario cubano, podemos aplaudir los avances sociales y/o denostar las restricciones políticas en Cuba, podemos incluso tener predilección romántica por las revoluciones, por el "Ché", por el propio Fidel, pero lo que no podemos hacer es darnos el lujo de perder de vista que Fidel Castro el superhéroe, el dictador socialista, el padre de la patria, lo fue gracias no sólo a su gran capacidad individual de liderazgo político y militar sino a la torpe ortodoxia diplomática estadounidense. Hoy, la insensatez del discurso del presidente electo Donald Trump obliga a poner atención de nuevo a las consecuencias indeseadas que generan las malas decisiones tomadas desde la Casa Blanca.

miércoles, noviembre 23, 2016

Pero pese a todo, ni excusas, ni esclusas.


Hace ya dos semanas de la elección de Donald Trump en los Estados Unidos y parece que a algunos aún nos cuesta trabajo aceptar o entender el resultado. El hecho de que Hillary Clinton haya ganado el voto popular por cerca de un millón de votos pero perdido la elección, reaviva los cuestionamientos sobre el sistema electoral estadounidense y probablemente –como en el año 2000 con la elección de George W. Bush- impacte en la legitimidad de la Administración de Donald Trump; pero poco abona a pasar el trago amargo de la elección y menos aún para dejar de preocuparnos por los cuatro años –ojalá no sean ocho- que lentamente pasarán a partir del 20 de enero de 2017, cuando tome juramento el presidente electo. La esperanza de que el Colegio electoral vote el próximo 19 de diciembre en un sentido contrario a lo implícitamente instruido a él por el voto estatal, pero obedeciendo al voto popular, es en realidad un sueño de opio, sin ningún sustento histórico. Asumiendo, pues, una inevitable presidencia de Donald Trump, tenemos que hasta ahora las señales que ha dado no son nada halagüeñas, no obstante sus primeros mensajes la noche misma de la elección.
La preocupación sobre una eventual presidencia de Trump creció luego de las sorprendentes victorias del Brexit, en la Gran Bretaña, y del No al Acuerdo de Paz, en Colombia. Conforme se acercaba el martes 8 de noviembre la sorpresa se veía cada vez más lejana; posible, aunque poco probable y viceversa. La preocupación creció cuando el FBI reavivó el tema de los e mails de Clinton a sólo unos días de la elección; las encuestas que seguían favoreciendo a la demócrata, ya no le daban la holgada victoria de semanas anteriores y los estados indecisos comenzaban a inclinarse hacia Donald Trump. La –ahora dubitativa- confianza de los demócratas, de los simpatizantes de Clinton –que seguro había- y de quienes querían (o deseaban) evitar a toda costa un triunfo del candidato Republicano, descansaba en que el voto femenino, el latino y el de los negros, sumados a los anteriores, eran más que suficientes para vencer a Trump y sus radicales, aún con la base dura del Partido Republicano. Sin embargo, la confianza se convirtió el preocupación a tempranas horas del martes 8; la preocupación en nerviosismo, al anochecer cuando comenzaban a llegar los primeros resultados; el nerviosismo en incredulidad, cuando la victoria de Donald Trump se perfilaba como inevitable; y finalmente, la incredulidad en estupor, en angustia, con el twitt derrotista de Clinton a las 19:55 : “gracias por todo”.
A pesar de que el abanderado del Partido Republicano hablaba de unión y de que se llevarían bien con todas las naciones –aunque no quedó claro si se refería a las naciones dentro de su país o a las naciones en el ámbito internacional- las señales que ha enviado a su país y al mundo, con los nombramientos para su gabinete confirman que lo dicho por el entonces candidato Trump, son verdaderas ideas o al menos intenciones reales, y no mero posicionamiento electoral. Reince Priebus, presidente del Comité Nacional Republicano y quien fungirá como jefe de gabinete, es una inteligente designación, toda vez que su cercanía con Paul Ryan –presidente de la Cámara de Representantes- podría facilitarle al Presidente Trump impulsar su Agenda; era de esperarse alguien del Partido, cercano a la Cámara Baja, en ese puesto. Sin embargo, las designaciones de Steve Bannon, Jeff Sessions, Rudy Giuliani, Mike Flynn o Mike Pompeo, auguran una Administración conflictiva tanto al exterior como al interior del país norteamericano. Racismo, beligerancia, militarismo y maniqueísmo, son aspectos constantes en el perfil de estos individuos que –al parecer- formarán parte esencial del gabinete de Donald Trump; la pluralidad anunciada por Mike Pence, estará por verse.
La angustia sin duda debe convertirse en aceptación y estrategia; el momento del espasmo ya pasó. La realidad es que Donald Trump será presidente y hay que enfrentar la situación. Esta semana habrá ya reuniones entre equipos de trabajo del gobierno mexicano, encabezado por el embajador Sada, y miembros del gabinete del futuro presidente; los temas a tratar serán primordialmente migración y el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Evidentemente la idea es sondear las intenciones reales de la próxima administración en temas clave de la Agenda bilateral, y con base en ello determinar la estrategia a seguir e incluso la asignación de recursos. Averiguar si el temor está justificado.
Pero tengamos presente, que pese a todo, pese a los malos augurios, desalentadoras señales y advertencias (¿acaso?) veladas, las amenazas para nuestro país, no vienen primordialmente del magnate neoyorquino y su gabinete, del adverso entorno internacional y la inestable economía global, sino de nuestra clase política, de la corrupción, de la impunidad, del fortalecimiento del crimen organizado y de sus nexos con los gobiernos locales, estatales y federal; de nosotros mismos como Estado. El daño que Trump le puede hacer a México derivado de sus políticas es muy serio, pero palidece frente al daño que nuestra clase política le sigue haciendo a nuestro país, a nosotros mismos; y en mucho casos, nosotros, somos cómplices. Sin lugar a dudad la clase política –el partido político que gusten- verá en Trump y su racismo, su miopía, su ignorancia, una excusa para explicar la situación económica, la falta de crecimiento, el desempleo; y con ello una esclusa a la presión social (por todo lo anterior y) por la inseguridad, por los gobernadores que han desfalcado a sus estados, por los 43 de Ayotzinapa, por la cada vez más preocupante y creciente cifra de feminicidios en el país y las perennes promesas incumplidas. Unas vez más, la culpa no está en (las barras y) las estrellas, sino en nosotros mismos, pues en nosotros está el impulsar mecanismos que permitan combatir estos y otros problemas del Estado mexicano. Debemos exigir transparencia, rendición de cuentas y mayor participación ciudadana en la toma de decisiones; y nosotros debemos participar.

lunes, octubre 10, 2016

Apuntes sobre el segundo debate

Por Amando Basurto –

No me extrañaría que, debido al tono y políticas propuestas, los debates presidenciales  entre Hillary Clinton y Donald Trump sean de los más vistos en la historia. Ya sea por interés o morbo, gente alrededor del mundo ha estado al pendiente ya sea de su transmisión o de los resultados. No es seguro que los debates tengan un relevante impacto sobre las preferencias electorales, sin embargo los ataques mediáticos alrededor de los debates parece tendrán una mayor influencia no sólo sobre la percepción de los electores sino sobre las bases de apoyo partidistas de los candidatos. Aquí les presento 3 puntos sobre el debate que me parece relevante tener en cuenta.

1. Más allá de los rounds de ataques mutuos, Donald Trump mostró no estar preparado para un debate así (y mucho menos para ser presidente). Trump ha practicado durante más de un año un discurso mediocre que está cimentado sobre generalizaciones infundadas y el abuso de adjetivos que le impiden hablar de un solo tema de manera directa y concisa; por ello no respondió a la mayoría de las preguntas que se le hicieron durante el debate de ayer. Eso no significa que le haya ido mal en la percepción de su desempeño en el debate; la popularidad de Trump prueba que a muchos estadounidenses les importa poco que su discurso sea difuso y falto de propuestas precisas (a pesar de que a muchos de nosotros nos sorprenda que alguien pueda sobrevivir un debate sin contestar puntualmente ninguno de los temas que allí se trataron), lo que parece importar es que Trump adorne con “carácter” y “decisión” sus promesas de atacar y cambiar el status quo. La crisis en el partido republicano ha llevado a presentar una dupla de candidatos radicalmente opuesta a la de 2008, aquella en que un senador con gran experiencia política (John McCain) lideraba una propuesta secundada por una gobernadora (Sarah Palin) cuya retórica se concentraba en embestir contra el status quo. En aquel entonces la ignorancia de Palin era contrapesada con el sentido común de McCain, no creo que Mike Pence tenga ni la capacidad ni el interés de compensar por la falta de preparación de Trump.

2. Por su parte Hillary Clinton y su equipo de campaña parecen haber optado por una estrategia que evite parecer que están a la defensiva. De tal manera que Clinton se preocupó, tal vez de más, por guardar la compostura y no responder asertivamente los ataques de su oponente. No es una casualidad que desde el inicio del debate Clinton citara de nuevo a su “amiga” Michelle Obama diciendo “when they go low, we go high”; es obvio que ese es el tono que han decidido guardar en los debates (mientras los mensajes mediáticos de la campaña y la filtración de información van en sentido opuesto, lo cual ayuda a la percepción que muchos tienen de que Hillary Clinton no es honesta sino doble-cara). Sin embargo, el mensaje mesurado de Clinton parece denotar una combinación de debilidad y condescendencia dirigido más a no perder el apoyo de sus seguidores que a buscar el apoyo de quienes se dicen indecisos. Esto significó, por ejemplo, perder la oportunidad de enfatizar el tono dictatorial/autoritario que tienen no sólo la propuesta que hace Trump de forzar a los países de origen a recibir a sus nacionales deportados desde los Estados Unidos sino, también, la advertencia que hace de llevar a cabo una investigación especial para encarcelar a Hillary Clinton una vez que él tome posesión de la presidencia.

3. Los “periodicazos” contra Trump sobre la evasión de impuestos federales y sobre las expresiones que muestran lo soez del tono de su relación con y el trato a las mujeres en general le hicieron mucho daño a la campaña en general pero, especialmente, a este debate. Trump y su equipo de campaña fueron incapaces de desviar la atención hacia los escándalos de acoso sexual de William Clinton y por ello erraron en infligir mayor daño a la campaña de Hillary. Esto fue evidentemente un error de “timing” mediático. Donald Trump ya había advertido muchas veces en público que su campaña hablaría y enfatizaría el maltrato a las mujeres del que se acusa a Bill Clinton tratando de caracterizar a Hillary como su cómplice, pero nunca encontraron un momento oportuno para hacerlo y, antes de que sucediera, el video con el audio en el que Trump tiene una “conversación entre hombres” (locker-room talk) fue filtrado a los medios. Esto desencadenó una reacción tardía por parte de los estrategas republicanos: primero lanzando un mensaje de disculpa muy tarde por la noche y, después, organizando el evento con mujeres presuntamente acosadas por Bill Clinton sólo unas horas antes del debate y con un efecto mediático disminuido (que además no parece va a ser contestado por parte de la campaña de Clinton).

A mi parecer, en su recta final ambas campañas podrían acabar por alejar al electorado más que por aumentar su capacidad de movilización. El nivel de abstencionismo del próximo 8 de noviembre nos dirá si esto es cierto.


Amando Basurto Salazar

Doctor en Política por la New School for Social Research, N.Y. y Maestro en Estudios en Relaciones Internacionales por la Universidad Nacional Autónoma de México @amandobasurto

miércoles, septiembre 28, 2016

El detalle está en los pormenores del debate

Por Amando Basurto–

Y llovieron los comentarios tras el debate entre los candidatos presidenciales Donald Trump y Hillary R. Clinton. La mayoría se concentró en juzgar quién ganó, cómo el debate cambiaba las condiciones de la carrera electoral, si el valor del peso mexicano respondió como se esperaba, si alguno o los dos candidatos tienen talante y aplomo presidencial, etcétera. Especial atención se puso, en México, al hecho que el primer país que Trump mencionó en el debate –casi inmediatamente– fue precisamente el nuestro. Y es cierto, es importante tener una idea del posible impacto político del debate (aunque en verdad se exagera cuando se cree que los debates influyen relevantemente en las preferencias) en relación no sólo con proceso electoral sino, también, con el futuro de la política exterior estadounidense.

Es en los detalles del discurso de los candidatos que encontramos señales sobre lo interesante o lo insensato de sus proyectos. Aquí les presento una lista de tres detalles del debate llevado acabo el pasado lunes que pueden ver de nuevo aquí:

1. Donald Trump indicó que va a repatriar (o evitar la fuga) de compañías a travez de imponer un arancel que haga muy costoso producir fuera de los Estados Unidos e introducir dichos productos en el mercado estadounidense. Hay quienes han calificado esta política como “proteccionista”, pero no lo es en estricto sentido. Repatriar una compañía o todo un sector industrial a travez del uso punitivo de aranceles no significa protegerles sino obligarles, no es pues una propuesta proteccionista sino disciplinario-mercantilista. Ya que el objetivo no es proteger a un sector productivo sino obligar a producir dentro del territorio estadounidense (posiblemente con mano de obra estadounidense) sería necesario asegurarse de que esta opción implique costos de producción menores al costo que representa el pago del arancel y por lo tanto una muy poco probable reducción del precio de mano de obra en los Estados Unidos. El plan de Trump podría difícilmente crear empleos, y si lo hace serían mal pagados y de mala calidad muy probablemente. Cabe señalar que el candidato republicano es muy claro en su propuesta “we have to stop them [las compañías] from leaving”; es decir, su proyecto pretende alinear al sector privado (por lo menos una parte) bajo un a política pública de repatriación industrial. No han a estar felices muchos empresarios.

2. Hillary Clinton camina sobre una línea muy delgada cuando se refiere al problema de racismo en los Estados Unidos y su expresión en abuso policiaco que sistemáticamente sufren las comunidades afroamericanas e hispanas en buena parte del país. ¿Cómo hablar de los efectos judiciales del racismo sin que los cuerpos policiacos y sistemas judiciales locales se sientan atacados? ¿cómo referirse y proponer soluciones al racismo sin atender los problemas de exclusión social y económica estructurales? Este no es un tema de simple “ley y orden”, como supone Donald Trump, sino un tema de justicia en el más amplio sentido de la palabra; es decir, de compaginar la aplicación de la ley con un completo respeto a los derechos civiles de los ciudadanos. Trump tiene razón, sin embargo, cuando afirma que el partido demócrata ha defraudado históricamente a las comunidades afroamericana e hispana al no impulsar políticas que realmente reduzcan los diferenciales de bienestar o permitan la regularización de migrantes sin documentos sin antecedentes penales, así que Clinton requiere volver a ganar la confianza de ambas para movilizarlas electoralmente.

3. Es obvio que Donald Trump confunde su “éxito” empresarial con tener las cualidades para conducir la economía y política exterior estadounidense; como si fuese igual dirigir una o varias empresas y presidir un país (en México ya sufrimos los efectos devastadores cuando un presidente de la CocaCola fue electo como presidente de la república). Esta confusión es lo que lleva a Trump a pensar que los acuerdos bilaterales y regionales de defensa mutua se pueden transformar en simples contratos de prestación de servicios militares, ¿cómo? pues simplemente haciendo saber a los aliados históricos de los Estados Unidos que la defensa mutua sólo será posible si pagan por los “tremendos servicios” (Trump dixit) que reciben o se tendrán que defender ellos mismos (volviendo ahora si de facto a las fuerzas armadas estadounidenses en mercenarios). Esto es, pues, otra expresión del mercantilismo-punitivo militar que Trump dice planea usar como estrategia de política exterior. La postura de Trump termina siendo congruente: si para no pagarle a personas que han prestado sus servicios para sus compañías Trump ha “taken advantage of the laws of the nation”, cree que puede hacer lo mismo con respecto a los servicios prestados a estados militarmente aliados al sacar provecho del derecho internacional transgrediendo el principio pacta sunt servanda (los acuerdos deben ser cumplidos) que es fundamental para la gobernabilidad construida en el último siglo.


- Amando Basurto Salazar

Doctor en Política por la New School for Social Research, N.Y. y Maestro en Estudios en Relaciones Internacionales por la Universidad Nacional Autónoma de México @amandobasurto

jueves, agosto 04, 2016

Hillary Clinton y Donald Trump, a 96 días de la elección.

Por Miguel Ángel Valenzuela Shelley


¿Pánico en el Partido Republicano?

Luego de las turbulentas convenciones del Partido Republicano y el Demócrata –en Cleveland y Filadelfia, respectivamente- está definida (todo parece indicar) la carrera presidencial que terminará en noviembre entre el millonario Donald Trump y la ex Senadora y otrora Secretaria de Estado, Hillary Clinton. Trump se impuso sorpresivamente a candidatos que contaban tanto con experiencia política, como con el respaldo de la clase política republicana y a jóvenes promesas del Partido; tal fue el caso de Jeb Bush, Rick Perry, Chris Christie, Marco Rubio o Ted Cruz, entre otros. Clinton por su parte, logró vencer con más dificultades de las previstas a un Bernie Sanders, quien si bien no obtuvo la nominación, sí pudo influir en la definición de la plataforma del Partido, dada la gran cantidad de delegados y respaldo popular; ahora, la candidata no está obligada a apegarse a la plataforma, pero deberá al menos seguir los ejes del programa de Sanders, si quiere contar con el apoyo de sus simpatizantes. Pero, ¿cómo inician la carrera ambos candidatos? ¿Qué perspectiva tienen?
El proceso demócrata para definir a su candidato, culminó en medio de escándalos tanto del Partido mismo como de la entonces pre candidata Hillary Clinton; escándalos que incluso hicieron necesaria una investigación del FBI por el manejo irresponsable de información clasificada vía correo electrónico desde la Secretaría de Estado. A fin de cuentas fue exonerada, permitiéndole así seguir en la búsqueda de la nominación; lo que pareció más una decisión política que judicial. Clinton también enfrentaba –y enfrentará durante la campaña presidencial- cuestionamientos con respecto a su responsabilidad en el ataque al consulado estadounidense en Bengasi (Libia). Por último, el Partido Demócrata sufrió unas horas antes del inicio de su Convención un ataque cibernético, mediante el cual se filtraron cientos de correos electrónicos en los que se mencionaba la estrategia del establishment demócrata para asegurar la candidatura de la ex senadora. Estos problemas sin duda representan una dificultad para la campaña de Clinton, principalmente Bengasi y los e-mails, sin embargo el buen posicionamiento en estados clave, la maquinaria electoral demócrata y la superioridad en el financiamiento (a fines de julio Clinton ha reaudado cuatro veces más que Trump, según la Federal Election Comission) presentan una muy halagüeña perspectiva a Hillary Clinton.  A esto habría que agregar los desatinos en la campaña de Donald Trump.
La estrategia de Trump o su personalidad -ya a estas alturas no está claro qué domina la campaña- se ha caracterizado por ser altisonante, burda, absurda y confusamente anti minorías. Gracias a esto ganó la nominación republicana, pues le habla a aquellos que no se sienten representados por los candidatos tradicionales del Partido Republicano o Grand Old Party (GOP), a aquellos trabajadores afectados por la Globalización; una especie de Barack Obama de la derecha. Obama le hablaba a los liberales que querían más reformas, más cambios, más gobierno, más democracia y menos capitalismo salvaje, liderazgo y no hegemonía; Trump, le habla a quienes buscan mano dura en seguridad, en migración, en política internacional, menos gobierno y más Mercado. Pero esta exitosa estrategia –demos el beneficio de la duda- está mostrando muy temprano en el día su falibilidad en la elección general.
Trump se ha alejado claramente de las minorías –sin duda un muy bajo porcentaje de mujeres, latinos, musulmanes o negros votarán por él, si es que alguno lo hace- y con ello de muchos electores independientes, pero también lo ha hecho de su propio partido; y eso se acrecienta día con día. A sólo semanas de haber aceptado la candidatura, Donald Trump entró en un desafortunado debate con el padre del capitán Humayun Kahn, muerto en servicio en Irak; con Paul Ryan (Speaker of the House) y con el senador John McCain, al no apoyarlos en su reelección para sus respectivas cámaras; y con la Comisión para los Debates Presidenciales (Comission for Presidential Debates, CPD), por programar convenientemente para Hillary Clinton –afirma Trump- dos de los tres debates presidenciales coincidiendo con juegos de la NFL; sin embargo, el calendario de debates se hizo público el 23 de septiembre de 2015. Esto sin mencionar la exigencia de que haga públicos sus declaraciones al Internal Revenue Service (ISR); tema por demás delicado, al parecer.
Los desatinos (al menos) semanales de Trump han provocado que su jefe de campaña, Paul Manafort, exprese su frustración con respecto a la falta de disciplina del candidato; que cada vez más miembros de la clase política republicana declaren que votarán por Clinton o al menos no lo harán por su partido; que su compañero de fórmula, Mike Pence, lo contradiga abiertamente con respecto al apoyo a Ryan y McCain; y que los sondeos en estados clave como Pensilvania, Virginia, North Carolina, Nevada, Colorado o Florida, se vayan decantando por la candidata demócrata. Esto es mortal para la campaña de Trump, pues no sólo los demócratas tienen virtual ventaja en el Colegio electoral (202 votos contra 154) sino que hasta fines de julio Clinton cuenta con 84 millones de dólares, frente a los 22 de Trump. A este respecto vale la pena mencionar que el millonario neoyorkino podría optar por financiamiento federal –que asciende a 96 mdd- con lo que alcanzaría a Clinton, pero tendría que renunciar al financiamiento privado; no obstante, el perfil anti gobierno federal de Trump, hace prácticamente nula esa posibilidad.
Ante tal escenario el Partido Republicano podría asumir una escandalosa derrota en la elección presidencial pero proteger el Congreso –que parece ser la opción elegida- apoyar a un candidato que no les simpatiza y que podría traer altos costos, o aplicar el artículo 9 de la Comisión Nacional Republicana y cambiar al candidato. Esto no ha sucedido, pero ya que el artículo establece esa posibilidad en caso de “muerte, renuncia o cualquier otra cosa”, se abre esa alternativa. La pregunta es ¿hasta dónde llegará el pánico del Partido Republicano? Una cosa es cierta, con las semanas se incrementa.

miércoles, mayo 11, 2016

El camino a la Casa Blanca: cuesta arriba e incomodidad para el GOP.


Por Miguel Ángel Valenzuela Shelley

El escenario de una Convención disputada o abierta prácticamente ha desaparecido, con lo que se confirmaría la contienda entre Hillary Clinton y Donald Trump por la presidencia de los Estados Unidos de América. La elección tendrá lugar el segundo martes de noviembre –en esta ocasión martes 8- y aunque todavía falta que los candidatos acepten la nominación en sus respectivas convenciones, veremos de aquí hasta ese momento una gran cantidad de encuestas y proyecciones que de una u otra manera nos mostrarán parte del escenario electoral, principalmente en estados que podrían decidir quién ocupará la Casa Blanca en los próximos cuatro u ocho años. En este artículo presentaré la situación que parecen enfrentar ambos partidos, partiendo de la pregunta ¿podrá Donald Trump repetir la sorpresa y convertirse en el 45º presidente de los EEUU?
Aunque en un principio la élite política del Partido Republicano –el establishment Republicano- no consideró posible que Donald Trump fuese el eventual candidato del Grand Old Party (GOP) –como se conoce a dicho Partido- conforme la candidatura del empresario neoyorkino cobró fuerza,  aquella intentó evitar que se convirtiera en su abanderado. No obstante, el apoyo a John Ellis “Jeb” Bush, posteriormente a Marco Rubio y finalmente a Ted Cruz –quien inclusive trató de ganar delegados al nombrar a la otrora empresaria y precandidata Carly Fiorina como compañera de fórmula-  fueron infructuosos y probablemente ayudaron a la victorias de Trump en Florida, Indiana o Texas, en algún sentido. Es decir, Donald Trump está a punto de ser el candidato Republicano a la presidencia a pesar (o tal vez gracias) al establishment del GOP; habrá que ver cómo pesará esto en la elección general de noviembre.
De acuerdo al sistema electoral de los EEUU un candidato o candidata, necesita 270 votos del Colegio electoral para ganar la Presidencia, por lo que esa es la cantidad que se debe buscar en las sumas y restas de los votos del Colegio electoral que representa cada estado de la Unión. Toda vez que quien gana un estado se lleva todos los votos –a excepción de  Nebraska y Maine que pueden dividirlos, pero aportan muy pocos votos del Colegio electoral; 5 y 4, respectivamente- y que las ciudades más pobladas pueden decidir la elección, hay que poner atención en la distribución poblacional y sus características, lo que –dicho sea de paso- ha modificado el mapa electoral. Es decir, la población blanca tradicional (White Anglo Saxon and Protestant, WASP) ya no decide por sí sola cada vez más estados, y son las minorías las que lo están haciendo; mujeres, negros, latinos y homosexuales, principalmente, son grupos de ciudadanos que deben ser más tomados en cuenta como parte fundamental del crisol estadounidense, no sólo en el discurso, sino en las políticas públicas, en el ideario político. He aquí la clave de la cuesta arriba Republicana.
Le elección de 2012 alejó claramente a los Republicanos de las minorías; en aquella Obama obtuvo 332 votos del Colegio electoral contra apenas 206 de Mitt Romney. Pero más aún, confirmó la tendencia Demócrata al alza y la baja Republicana. Si comparamos el mapa electoral de 2004 (GW Bush vs JF Kerry) con el de 2012 (BH Obama vs WM Romney), los Demócratas han ganado en 2008 y 2012 los estados de Florida, Colorado, New Mexico, Ohio, Virginia, Nevada y Iowa, es decir 88 votos del Colegio electoral; eso explica la victoria en 2008 por 365 contra 173 y la ya mencionada en 2012 (332 versus 206), pero también es un indicador importante para esta elección, pues muestra una tendencia.
Donald Trump retó al establishment Republicano y ganó, lo que alimenta su afirmación con respecto a que puede ganar aún sin los Republicanos –refiriéndose a la élite del Partido- el problema para Trump es que si los Demócratas ganan los 19 estados que han ganado en las últimas 6 elecciones más Florida y Washington D. C., Hillary Clinton sería la 45ª presidenta de los EEUU al sumar 271 votos del Colegio electoral; y eso en una perspectiva en cierto modo conservadora, ya que algunas proyecciones dan a Clinton un resultado favorable de 337 contra 201 de Trump. Esta es una de las razones por las que la campaña de Trump y algunas casas encuestadoras, como Quinnipiac University, intentan manipular al electorado amañando algunos resultados en las encuestas. Por ejemplo, el día de hoy -10 de mayo- Donald Trump celebró en redes sociales el hecho de que un estudio de la mencionada Universidad lo ubica por delante de Hillary Clinton en un estado importante, representativo (cuestionable) y no definido, como es Ohio, sin embargo, este estado tiene un 79% de población blanca votante y el estudio se realizó con un 83%, cosa no menor toda vez que la diferencia entre el Republicano y la Demócrata es precisamente de 4%.
Un estado clave en las aspiraciones presidenciales y que ha sido muy peleado es Florida. Muchos podrían pensar que dado que dos de los principales contendientes por la candidatura Republicana pertenecen políticamente a dicho estado –Marco Rubio y Jeb Bush- los 29 votos que otorga Florida irían a la columna de Trump, pero los Demócratas han ganado las dos últimas elecciones ahí. En 2000 GW Bush ganó el estado por 537 votos, pero Obama lo hizo por poco más de 100 mil en 2008 y por cerca de 74 mil en 2012; y lo que es más, Clinton aventaja a Trump por 7% de acuerdo al promedio de Election Projection, según distintas encuestadoras en un reporte actualizado el día de hoy (mayo 10).
Si vemos el escenario desde la perspectiva Republicana la situación es peor, pues aún ganando los estados que tradicionalmente obtiene o que ha ganado en las últimas seis elecciones, el GOP contaría con 102 votos electorales, es decir que aún debería buscar 168 más. Cierto, es muy probable que gane 9 estados más que significarían 117 votos del Colegio electoral y podría pelear Colorado y Florida, que los llevaría a 255, pero aún así quedaría corto por 15 votos. La pregunta no es sólo de dónde sacaría esos votos, sino si alcanzará los votos necesarios para estar en la pelea, y es que la apuesta Republicana en las últimas dos elecciones ha sido por el voto blanco, alejándose de las minorías; estrategia que no sólo está repitiendo Donald Trump, sino que está yendo más allá al afirmar que podría ganar sin el establishment Republicano.
En cierta forma Donald Trump es la expresión de Obama en el GOP, es decir, Barack Obama tuvo un gran apoyo del electorado por ser un outsider, es decir, un político ajeno (hasta cierto punto) a la clase política tradicional, al establishment Demócrata. Por eso Trump ha tendido tanto apoyo en estados como Indiana o incluso Florida, pero Obama contaba con las minorías y eso decidió el proceso electoral; lección –al parecer- aprendida por el Partido Republicano al contar con candidatos como Carly Fiorina, Ben Carson, Ted Cruz o Marco Rubio, pero el candidato será Donald Trump. La carrera por la Casa Blanca está definida y al momento, es cuesta arriba para el Grand Old Party y su incómodo candidato.

martes, marzo 01, 2016

Apuntes para el Súper Martes de elecciones primarias en los EE.UU.

Por Amando Basurto –

Múltiples focos rojos se encendieron durante la última semana desde que Donald Trump ganara los caucuses de Nevada con un 46% del voto, por lo que su candidatura pareciera imparable ahora que es favorito a ganar en la mayoría de los 13 estados que van a elecciones primarias el día de hoy. Los miembros del status quo republicano ven su influencia cada vez más reducida, como aplastada entre el paralizante tea party y el energéticamente movilizador Donald Trump. ¿Qué, Donald no es lo suficientemente conservador para ser el candidato republicano? Posiblemente no, pero ese no es el problema. Ahora, propios y extraños, reconocen a Trump como una bala suelta, es decir, como un inexperto egomaniático populista (lo cual definitivamente no es peligroso) con posibilidades de ganar la candidatura republicana y la presidencia estadounidense acompañado de una mayoría republicana en ambas cámaras del congreso (lo cual sería verdaderamente alarmante). Las elecciones del día de hoy son fundamentales tanto para las aspiraciones de Trump como para las esperanzas del establishment republicano de detenerlo en el intento. Las peores noticias para los republicanos en general es que Ted Cruz y Marco Rubio no parecen, ni de lejos, caballos ganadores. Si Trump obtiene una ventaja muy importante el día de hoy muy probablemente veremos al partido republicano hacer uso de medidas extra-electorales para deshacerse de él.

En el caso del Partido Demócrata, este martes se llevarán a cabo elecciones primarias en 11 estados de la unión (y el territorio de Samoa).  De este lado del ring también los dados están fuertemente cargados a favor de Hillary Clinton, quien se prevé ganará la mayoría de las contiendas asegurando una ventaja casi insuperable de camino a la convención nacional del partido. En este caso los focos encendidos después de las elecciones en Carolina del Sur del sábado pasado son azules, muy azules, ya que calmaron la ansiedad del establishment demócrata porque las probabilidades de que Bernie Sanders gane la candidatura al parecer se verán drásticamente reducidas esta misma noche. Y no es que Bernie Sanders sea una bala perdida, ni mucho menos un ególatra populista, sino que el oficialismo demócrata considera que la radicalidad de su “revolución política” aliena a una fracción importante de demócratas “conservadores y moderados” que son fundamentales para mantener el control de la Casa Blanca. Si, de la Casa Blanca porque será muy difícil que tanto Clinton como Sanders generen tal tracción electoral que les lleve a ganar la presidencia y, además, impulsar la elección de una mayoría demócrata en el congreso. Y es precisamente por eso que, a pesar de su “radicalidad”, Sanders no es considerado un “peligro”: su presidencia muy probablemente tendría que sobrellevar el peso de una paralizante mayoría legislativa republicana y, por lo tanto, sería casi inoperante desde el día uno.

Aún con este panorama, y con los oficialismos partidistas encima, no se puede descartar completamente una contienda entre Donald Trump y Bernie Sanders por la presidencia estadounidense. Si ésta sucediera, ya lo ha advertido, el magnate Michael Bloomberg planea lanzar una campaña independiente que, irónicamente, aumentaría las probabilidades de que Sanders ganase las elecciones; parecido a lo acontecido en la elección presidencial de 1912, la candidatura “progresista” de Theodore Roosevelt dividió el voto republicano (siendo William H. Taft el candidato formal), lo que abrió la puerta al triunfo de Woodrow Wilson. La ironía no reside en que Sanders, como Wilson, ganase las elecciones por una fractura entre los republicanos, sino que la elecciones las ganase un “socialista” cuando en aquella elección de 1912 Eugene Debs perdió obteniendo casi un millón de votos (la mayor cantidad que conseguiría el Partido Socialista de América) pero sin poder ganar los votos electorales de un solo estado.


- Amando Basurto Salazar

Doctor en Política por la New School for Social Research, N.Y.y Maestro en Estudios en Relaciones Internacionales por la Universidad Nacional Autónoma de México @amandobasurto