lunes, noviembre 07, 2011

Demoliberalismo: un concepto total, contradictorio y vacío. (3/3)


La democracia se ha convertido en algo mucho más que un simple forma de gobierno, pero también en mucho menos que eso. Aparece hoy en día, no sólo como la máxima forma de organización política, sino como la única permitida de acuerdo al  Nomos imperante. Cualquier forma que la cuestione, es etiquetada como totalitaria y cualquier cuestionamiento a la universalización de los llamados “valores democráticos”, es igualmente totalitario. Es decir, la democracia con todo y su gran carga valorativa –y en buena medida, justamente por ello- se ha convertido en una democracia totalitaria, por eso, ante el peligro de ser etiquetados como enemigos de la democracia, es que pocos cuestionamientos hay –o en todo caso no los suficientes- en torno a este sistema de gobierno promovido por los Estados Unidos.

Además de perder contenido por su plasticidad, ella –la democracia- presenta una serie de contradicciones –particularmente la liberal- que vale la pena señalar. Ya desde la década de los años veinte del siglo pasado, el jurista y politólogo alemán Carl Schmitt, señalaba que la democracia liberal carece totalmente de contenido, pues la "igualdad"' es sólo un presupuesto formal y no real del orden político, pues la pluralidad, no sólo ideológica, sino de clases que en ella se encuentran lo imposibilita.

Por otro lado, afirma que los valores y normas en la vida política no pueden determinarse por medio de un proceso de deliberación racional entre visiones alternativas del mundo, como lo plantea el liberalismo. Esas decisiones son tomadas por la mayoría o por poder. Todo esto, sin mencionar a profundidad la contradicción en la relación liberalismo-democracia, considerando que democracia obedece a formas pre modernas de organización sociopolítica y el liberalismo, es una filosofía moderna que modifica el significado de aquella y la utiliza como catalizadora y legitimadora de su proyecto.

La democracia se ha convertido en la herramienta legitimadora de los llamados Estados liberales modernos, ocultando su carácter clasista por un lado y por otro, su naturaleza expansionista en busca de mercado y control de recursos. La democracia pretende dar orden y cause a las exigencias sociales, pero en realidad las limita y contiene, cuando no las descalifica, además de debilitar a los gobiernos democratizados.

El Estado demoliberal, el pensamiento demoliberal se encuentra expresado tanto en el ámbito económico como el jurídico, el ético y el moral –he ahí la Pax Americana- constituyendo un sistema de métodos hábilmente diseñados para debilitar al Estado en beneficio de la sociedad a través del Mercado. Por ello es que se encuentran eventualmente respuestas nacionalistas que intentan conservar e imponer  la fuerza del Estado y de la unidad nacional mediante sus mitos fundadores frente al pluralismo de los intereses económicos del liberalismo.

La democracia pretende otorgar poder al pueblo para que alcance y determine su gobierno, el liberalismo en cambio sólo logró –y buscó- abrir el espacio de gobierno a la burguesía, utilizando a la democracia sólo como un proceso legitimador, no como una constitución política. El Parlamento terminó siendo un espacio de representación de partidos políticos e intereses económicos, no del Pueblo, ni de sus intereses. El pluralismo, eje de la democracia liberal, sólo es tal en tanto no existan fuerzas políticas que se conciban como universalistas y por ende excluyentes a otras expresiones.

Democracia e igualdad son pilares ideológicos del liberalismo y su despolitización, pero son también dos de las grandes contradicciones del liberalismo burgués. La igualdad es condición sine qua non la democracia es una realidad en la unidad política, por tanto un sistema que enaltezca el valor de las diferencias y las mantenga al interior del Estado –diferencias excluyentes- lejos está de ser verdaderamente democrático y representativo de la nación en su conjunto. En un Estado homogéneo la decisión política, gubernamental, se da por sí sola toda vez que se comparten valores, objetivos, amenazas, etcétera. En un Estado plural esto es imposible, la decisión o el acuerdo al que se llega es en realidad no es más que el dominio de las mayorías, una simple fórmula matemática carente de racionalidad, aunque no de razonabilidad. Pero podría irse más lejos pues en realidad no son las mayorías las que deciden, sino la minorías, la élite, la clase política que manipula y dirige los deseos mismos de las masas.

La pluralidad ideológica puede darse al interior de la unidad política siempre y cuando cumpla dos condiciones; una, que las diferencias no sean sustanciales con respecto a la naturaleza, desarrollo y objetivos del Estado, así como tampoco excluyentes con respecto a otras vertientes ideológicas; y dos, que la fuerza de la facción no amenaze la existencia o constitución de la unidad política. Esta idea de pluralidad es clara en los Estados Unidos, no sólo a partir de la búsqueda de su hegemonía global en los albores del siglo XX, sino desde el nacimiento de la jóven República y el Artículo X de El Federalista.

El sustento jurídico-ideológico de la democracia liberal en expansión, era –y sigue siendo- el Estado de derecho. En él la burguesía expresaba y ampliaba su poder con el argumento de combatir el absolutismo, la subjetividad y discrecionalidad del sistema monárquico y lo hace ahora para combatir el autoritarismo, el nacionalismo o cualquier otro ismo que represente una amenaza a la hegemonía extrarregional estadounidense. En el Estado de derecho las competencias del poder estatal están claramente delimitadas y predeterminadas, por tanto sus actos son impersonales, objetivos y previsibles. Esta constitución de la unidad política, pretende controlar el poder del Estado al limitarlo por el orden legal –la Constitución y las leyes sectoriales- y garantizando la libertad de los individuos, pero particularmente del sector privado, del Mercado. Es ese el objetivo primario de la difusión de la democracia; abrir Mercados y limitar el poder del gobierno.

En el demoliberalismo, “el Estado aparece como el servidor, rigurosamente controlado, de la sociedad”,  señala amargamente Schmitt, al ser reducido a un conjunto de normas y procedimientos. La libertad del individuo, anterior a la existencia del Estado, queda como ilimitada frente al limitado poder estatal, derivado de la división o distribución de poderes. El Estado no buscaría ya la gloria o inclusive la armonía ni éxito del pueblo o la nación, sino que quedaría subsumido o subyugado al orden jurídico, al individuo y su libertad, que en realidad tampoco se presenta como algo Real, sino como uno de los sofismas liberales. El individuo como tal no cuenta ni en las democracias liberales, ya que en su momento de expresión política –elecciones o referéndum- pierde su identidad como particular y asume su papel como citoyen o como parte de un grupo con intereses.

El demoliberalismo supone eliminar la dualidad, la relación sociopolítica amo/esclavo, monarca/súbdito –sustento del Nomos anterior- y con ello transformar las diferencias (tensiones políticas, culturales, etcétera) en diversidad, en pluralismo entre actores en igualdad de condiciones bajo la ley, como afirma Sheldon Wolin. Pero en realidad Di Lampedusa fue muy acertado en su Gatopardo al explicar cómo cambiaron las cosas en la península itálica para que todo siguiera igual, cómo los actores se reacomodan, cambian referentes y conceptos, pero el orden que lo sostiene sólo se matiza, no se modifica su estructura.

Las fuerzas que impulsaron las revoluciones liberales en los siglos XVIII, XIX y XX –veremos que pasa en este- modificaron los referentes de las distinciones sociales, políticas y culturales, pero las diferencias se mantienen, las condiciones estructurales de dichas diferencias se han perpetuado. Ciertamente es una sociedad menos desigual, menos injusta e inequitativa, es más abierta y plural, pero eso no elimina los sofismas demoliberales. La relación amo/esclavo fue sustituida por la de patrón/trabajador, que aunque sí establece derechos del último y obligaciones de aquel, mantiene profundas tensiones y contradicciones con respecto a la supuesta libertad y equidad que abandera la democracia liberal.

El demoliberalismo mantiene las diferencias pero disfrazándolos de diversidades y evita la confrontación al hablar de tolerancia en lugar de derechos, de diversidad en lugar de integración; por ello es que se reconocen grupos, pero no son integrados al sistema político. Los enfrentamientos –producto de las diferencias- son ubicados en el ámbito de lo contingente, pero es el Mercado y no el Estado el encargado de combatir o diluir esas diferencias, pues es él quien articula y lima asperezas entre las diversidades. Por ello es que las diferencias no participan del sistema político, irrumpen en él. Las revoluciones, los movimientos sociales tratan precisamente de combatir esas diferencias, de lograr reconocimiento e inclusión real en la vida política; luchan por derechos no por ser tolerados.

Con la perspectiva de desarrollo, de progreso, de tener acceso a condiciones favorables en la Globalización y a fin de evitar medidas más severas por parte de organismo internacionales, una buena parte de los países excluidos ceden a presiones o peticiones externas, más que internas, que abren su sistema político y su economía. Lo que está en el centro de la pugna entre los países excluidos es el lugar en sí entre los desarrollados, de hecho entre los que aspiran a serlo, pues no sólo no hay garantía de acceder a la promesa demoliberal, sino que la fórmula democracia (liberal) y desarrollo no es necesariamente causal; así como aquella entre paz y democracia.

Lo que ha resultado de la expansión de la democracia liberal estadounidense es el resurgimiento del fundamentalismo de derecha y la erosión de verdaderos valores democráticos mediante la marginalización de vastos sectores de la población global. La democracia se ha reducido a un mecanismo no de gobierno, sino de lucha entre élites.

miércoles, noviembre 02, 2011

La promoción de la democracia (2/3)


“El capitalismo sólo triunfa cuando llega a identificarse con el Estado,
cuando es el Estado”.
Fernand Braudel.

El lenguaje político de la posmodernidad se encuentra en el reino de la ambigüedad, de las contradicciones, de los vacíos, del pragmatismo político de alcance global. ¿Cómo explicar entonces si no es con esos adjetivos, el hecho de que una democracia liberal fuera global y excluyente, abierta e inequitativa, libre y proteccionista,  permisiva y autoritaria?

Con el fin del orden bipolar Estados Unidos estaba en condiciones de reestructurar el sistema internacional una vez más; consolidar y ampliar el Nomos, estableciendo las condiciones necesarias para el Segundo siglo americano. La primera transformación fue en la Primera posguerra al criminalizar la guerra y dividir a los países en agresores y justicieros.
La democracia liberal había triunfado, aunque más por las contradicciones y debilidades de su oponente que por su real fortaleza, pero aunque esto si bien ofrecía la posibilidad de ampliar sus zonas de influencia y control geoestratégico, también (re) surgían –o cobraban nueva relevancia- expresiones políticas regionales o locales que significaban una amenaza a sus intereses y un obstáculo a su hegemonía; i. e. fundamentalismos, nacionalismos o simplemente proyectos políticos con su propia visión de la democracia, del Mercado o de la globalización.

Para contrarrestar la resistencia a su hegemonía los Estados Unidos debían aprovechar el momento democrático e impulsar la democracia liberal en puntos geoestratégicos clave; e. g. la democratización de Europa del Este, los países Bálticos y Europa del Este –hoy en día Medio Oriente y el Noreste africano. Esto se traducía en promover el establecimiento de democracias parlamentarias, la apertura de sus economías y el fortalecimiento de la sociedad civil o su institucionalización [1]; lo que hicieron en Europa del Este, América Latina y han tratado de promover en Asia y Medio Oriente. No obstante, expresiones culturales locales y/o idiosincráticas, así como el historial de la política exterior norteamericana en determinada región han complicado el establecimiento de gobiernos favorables a los intereses de Washington.

La Guía de Planeación de Defensa del Pentágono 1994-1999 – DPG, Pentagon’s Defense Planning Guide- dada a conocer por el New York Times en 1993, establecía como el principal objetivo de la Gran estrategia estadounidense mantener la hegemonía de Washington, evitando la emergencia de un poder rival en Europa y el Este Asiático. Para la consecución de este objetivo la promoción de la democracia no sería suficiente, al menos no sin estar acompañada de cooperación militar o económica, pero sí sería una herramienta de presión y contención a posibles poderes emergentes o amenazas a los intereses estadounidenses, caracterizados por ser regimenes no democráticos, economías cerradas o nacionalistas.


Promover la democracia haría que el mundo fuese menos hostil hacia los Estados Unidos y eliminaría ideologías –y gobiernos, principalmente- que significaran una amenaza al mundo de puertas abiertas del cual dependían[2]. Construyendo con eso un mundo estable, pacífico. Sin embargo habría que cuestionar(se) si en efecto con la expansión de la democracia el mundo es pacífico, si las democracias no van a la guerra, si hay la voluntad de compartir el modelo democrático en expansión.
El ímpetu neowilsoniano y su promesa por una paz estable y duradera dio gran legitimidad a la política exterior estadounidense convirtiéndose en un cruzado, ergo su propio basamento –la teoría de la paz democrática- era más un sofisma que una realidad de la política internacional. Las democracias no sólo han ido a la guerra, sino que han tenido conflictos álgidos entre sí, inclusive armados, la razón y el parlamentarismo no siempre han dominado en los desacuerdos.


Ante una crisis con otros Estado las democracias son tan propicias a escalar el conflicto militarmente como otras formas de gobierno no democráticas, liberales o no. De hecho un buen ejemplo de este sofisma del pacifismo democrático son precisamente los Estados Unidos y su política exterior. Y no olvidemos que muchos regimenes antidemocráticos, totalitarios o autoritarios nacieron en sistemas democrático y hasta liberales.


Para algunos autores, como Charles Kupchan, esta cruzada estadounidense por promover la democracia liberal, así como otros valores de la política internacional –el Nomos- es no sólo natural, sino benéfico para la totalidad de actores en el escenario internacional, pues el mundo es inestable y peligroso cuando las potencias luchan por la hegemonía, pero cuando una de ellas puede determinar la estructura internacional y sus valores, los demás actores no tienen opción alguna mas que atenerse a esas condiciones. De hecho la gran mayoría de los actores se ven beneficiados por esto y particularmente por la unipolaridad estadounidense pues ha encabezado acciones con un profundo y benéfico impacto en la política global y local; como la lucha contra el terrorismo o  la promoción de la democracia y de la Globalización misma. Lo que debe preocupar, advierte Kupchan, es el fin de la Era norteamericana[3].
Para que un mundo compuesto en su mayoría –o totalidad- por democracias sea realmente estable y pacífico estas deberían compartir valores, así como entender y aplicar el mismo modelo democrático. La democracia tendría que desarrollarse bajo condiciones muy similares o iguales, pero esto no es así. “Una revisión histórica de 61 países independientes, sólo tres han generado una democracia por creación independiente: Suiza, Suecia e Inglaterra. Los restantes 58 experimentaron diversos grados de influencia externa”[4], a través de sanciones, amenazas o el uso directo de la fuerza. Este es precisamente el papel que ha jugado Estados Unidos con mayor ahínco a partir del fin del orden bipolar.


El mismo trabajo señala que los veinte países que comenzaron un proceso de democratización en 1989 fueron resultado de la Pax Americana. Esto indica que la democratización no es un proceso natural de las unidades políticas y que el modelo que se implanta en alguna de ellas no es en muchos casos de acuerdo a sus condiciones, sino una adaptación –en el mejor de los casos- de la contradictoria democracia estadounidense. Y esto es porque el promotor de la democracia (liberal) está motivado por sus intereses y no por condiciones internas del país que la adopta.


Es pertinente señalar que otro factor importante para la expansión de la democracia liberal es la identificación de países con características o en condiciones similares cuando uno de ellos adopta el modelo demoliberal, pues este genera ciertos beneficios en distintos niveles, particularmente para las elites empresariales y parte de la clase política. En consecuencia poco se preocupan por matizar el modelo, sólo implementarlo esperando los beneficios del promotor pasivo.


A pesar de los conflictos que ha enfrentado Washington al promover la democracia allende cualquier frontera o frontier, este sigue siendo uno de los objetivos más importantes de su política exterior si no es que el de mayor relevancia. Lo que está a debate es la definición del proceso que se utiliza. Un enfoque sostiene que la democracia liberal podrá promoverse sólo mediante una primera etapa de promoción y expansión de los valores culturales estadounidenses, pues de lo contrario surgirán expresiones deformadas de la democracia liberal[5].


En este sentido la democracia debería limitarse a ofrecer ayuda financiera o de cualquier otro tipo a movimientos que pretendan luchar contra el autoritarismo en sus países, los Estados Unidos no deben imponer dicho modelo en donde no hay valores democráticos[6]. El problema con estos argumentos es que el objetivo de la clase política estadounidense, la élite del poder, no es promover valores democráticos per se, sino las ventajas de abrir economías y gobiernos en zonas clave de su geoestrategia. Lo que puede apreciarse al observar que en los documentos oficiales estadounidenses para la promoción de la democracia se encuentran diversas concepciones de democracia y no aclaran cuál será la utilizada para su promoción.


La cruzada estadounidense descanse en un liberalismo intolerante, totalitario que concibe la existencia de cualquier gobierno o ideología no democrático(a) como una amenaza a la seguridad, intereses y valores en –y de- los Estados Unidos. Sin embargo, la promoción de la democracia como sustento de la Gran estrategia de Washington, generó que el mundo se convirtiera en un espacio más inestable debido a las profundas resistencias locales. El excepcionalismo estadounidense que dio origen a un modelo demoliberal único imposibilitaba la exportación de dicho modelo, por lo que éste ha tenido que adecuarse a circunstancias idiosincráticas, culturales, políticas, sociales, religiosas, etcétera, particulares y –en cierta forma, en algunos casos- excepcionales, perdiendo así contenido real de acuerdo al modelo en expansión y casi de cualquier otro limitando su significado a procesos electorales y economías abiertas integradas o en proceso de integrarse a la globalización y poco nacionalistas. 


[1] John O’Loughlin, Michael D. Ward, Corey L. Lofdahl, Jordin S. Cohen, David S. Brown, David Reilly, Kristian Gleditsch and Michael Shin, The Diffusion of Democracy 1946-1994, Annals of Association of American Geographers, Vol. 88, No. 4,  December 1998, pp. 545-574.
[2] Resulta fácil considerar que los acontecimientos del 9 de septiembre de 2001 daban la razón a la paranoia estadounidense por lo que resulta necesario democratizar a la mayoría de los países con regímenes inestables y volátiles, a fin de que Occidente y democracias liberales que lo componen estén seguras. No obstante, contrariamente a la teoría huntingtoniana, dichos acontecimientos fueron –en todo caso- un ataque a los Estados Unidos, un blowback por su política exterior en Medio Oriente y no una expresión de la animadversión del entorno contra la democracia liberal norteamericana.
[3] Charles A. Kupchan, The End of the American Era, US Foreign Policy and the Geopolitics on the Twenty-First Century, Council on Foreign Relations-Alfred A. Knopf, New York 2002, pp. 57-59.
[4] John O’Loughlin, Michael D. Ward et al, The Diffusion of Democracy 1946-1994, p. 9.
[5] Francis Fukuyama & Michael McFaul, Should Democracy Be Promoted or Demoted, Bridging the Foreign Policy Divide, The Stanley Foundation, June 2007, pp. 2-3.
[6] Larry Diamond, op cit, p. 27.

lunes, octubre 31, 2011

Sobre el Nomos del siglo XXI: sofismas, contradicciones y vacíos de la democracia. (1/3)


Un primer acercamiento.

Una de las características de la política actual en cualquiera de sus dimensiones es la confusión, poca claridad y vacío –no en pocos casos- de los conceptos que la fundamentan y articulan. Democracia, seguridad, tolerancia, autodeterminación, totalitarismo, derechos humanos, son algunos de los términos que dominan la política contemporánea desde hace ya casi un siglo a partir de la creación de un nuevo marco jurídico internacional; un nuevo Nomos diseñado para la consolidación del Primer Siglo Americano, avizorado por Henry Luce en un ya claro momento hegemónico.


Con la creación de nuevas condiciones jurídicas que modificaban las relaciones internacionales y la lucha misma por el poder entre las naciones, conceptos como soberanía así como mecanismos legales y jurídicos de relación entre Estados –la guerra- son suplantados por otros con una profunda carga pragmática y moral, que  entran en contradicción –convenientemente y a discreción del Gran Juez- con otros elementos del Orden y el Derecho internacionales. Tal es el caso de la autodeterminación de los pueblos y la Enmienda Platt o la Doctrina Monroe; ambos mecanismos reconocidos por la Sociedad de Naciones como un instrumento legítimo de resolución de conflictos regionales sobre la propia Sociedad. Esto, además de promover conceptos contradictorios como la democracia liberal, sentó las bases para la hegemonía estadounidense en el siglo XX y un nuevo Nomos.

Las condiciones políticas de la Guerra fría hicieron que la promoción de la democracia estuviera por debajo de consideraciones geoestratégicas y/o de seguridad de los Estados Unidos, lo que no evitó acudir a ella en algunas ocasiones como parte del propio discurso político y geopolítico norteamericano. El apoyo a regímenes autoritarios o movimientos contrarrevolucionarios era una opción válida –y ampliamente utilizada- siempre y cuando evitaran o derrocaran gobiernos que representaran una amenaza a los intereses norteamericanos. Esto allende su ideología, que en ocasiones era conveniente y repentinamente socialista tras amenazar o afectar intereses estadounidenses. Tal fue el caso de Mosaddegh (Irán ‘53) o Arbenz (Guatemala ‘54).

Con el fin del mundo bipolar Washington ha impulsado con mayor facilidad la promoción de la democracia, obedeciendo siempre a criterios no civilizatorios sino geopolíticos, aunque sustentando el discurso en aquellos. Esto genera una clara incongruencia en la política exterior norteamericana, pero claramente justificable desde una lectura pragmática autorreferencial.

La expansión de la democracia –ya sea en términos concretos o aspiracionales- trajo consigo una mayor laxitud de un concepto ya muy difuso y manipulado, cuando no francamente contradictorio. Una implantación, adopción o adaptación de la democracia (liberal) entendida en buena medida a partir del Mercado, resultó en una agudización de contradicciones y vacío de significado. Con ello, unos de los conceptos de mayor peso en la política internacional y fundamento –sofisma, diría yo- del pensamiento hegemónico y político en general –i. e. la democracia- carece de un significado compartido y es fuente de su propio simulacro, así como instrumento de la hegemonía estadounidense desde el colapso del orden jurídico europeo.

Enmarco el debilitamiento del concepto democracia dentro de un Nomos de la política internacional –concepto que se explicará con detenimiento en el primer apartado- creado por los Estados Unidos a fin de facilitar, legalizar y legitimar su proyecto hegemónico iniciado –como señala Carl Schmitt- con la Doctrina Monroe. El Nomos determina el Orden internacional, el marco normativo, pero él mismo permite y da lugar a una suerte de Soberano schmittiano de facto que, a pesar de no contar con el apoyo de la Comunidad internacional ni en nombre de ella o su bienestar, da contenido con su decisión a los conceptos jurídico-políticos que conforman el Nomos.

Toda vez que la expansión de la democracia (liberal) es inversamente proporcional al debilitamiento del concepto mismo en tanto tal, la segunda parte del escrito aborda el momento de su promoción global selectiva. Llevar la democracia allende sus fronteras (pero no indiscriminadamente ni sin matices e interpretaciones) ha sido uno de los fundamentos de la política exterior estadounidense. Sin embargo el criterio para dónde y cómo promoverla obedece a consideraciones geoestratégicas, no civilizatorias, morales o éticas. Por otra parte, el país que es iluminado no comparte valores necesarios para la construcción y articulación democrática, al menos no del tipo de democracia que se quiere imponer, en consecuencia tiene que adaptarse el modelo democrático –en el mejor de los casos- a las particularidades socioculturales o –en el peor- se establecen mecanismos de gobierno/dominio para lograr cierto grado de estabilidad institucional, quedando la democratización en espera. Esto por supuesto establece la falta de coherencia entre discurso y curso, entre teoría y praxis, pero también genera laxitud en el propio concepto; en consecuencia pierde el concepto pierde contenido al significar ideas y realidades diferentes.

Finalmente y coincidiendo con la crítica que en torno a la democracia liberal y sus contradicciones realizan autores como Chantal Mouffe, Nancy Fraser, Eduardo Grüner y Slavoj Zizek, señalaré ejemplos de estas así como su efecto en la pérdida de sustancia en el concepto. La democracia es, probablemente, el concepto político con mayor peso moral, pero también el más confuso, poco claro y manipulado. Por esta razón es que ubicar su papel dentro del discurso hegemónico, cada vez más como herramienta de este y menos como una expresión de participación y compromiso social, es una tarea urgente en el pensamiento político.

Las ideas que nos gobiernan y las ideas de quienes nos gobiernan: el Nomos.

“Los fuertes toman lo que quiereny los débiles sufren lo que deben.”

Tucídides, Historia de la guerra del Peloponeso
Como han señalado autores como Martin Wight, Willhelm Grewe, Hedley Bull o Robert Keohane –no sin matices- los Estados hegemónicos han dado forma al orden jurídico internacional; han definido conceptos jurídicos y les han dado valor universal. España, Francia e Inglaterra lo hicieron exitosamente en siglos precedentes, pero el siglo XX sufrió un cambio más profundo, uno que difícilmente se verá modificado al menos en sus principios. La política exterior de los Estados Unidos logró reconfigurar –por decir lo menos- aspectos esenciales de la política internacional, garantizando y legitimando su proyecto hegemónico. Este, en consecuencia, no fue un cambio en el Orden internacional, sino en las ideas y valores mismos que lo determinan; una transformación del Nomos.

El concepto de Nomos fue rescatado por el jurista y politólogo alemán Carl Schmitt, quien en su Nomos der Erde de 1950 hace una aguda revisión histórica del orden jurídico europeo con base en un Nomos determinado, es decir, de conceptos que daban validez a aquellos jurídicos que regulaban la política internacional. Schmitt señala que los Estados Unidos conforman un nuevo Nomos a partir de sustitución de aquel de origen europeo, comenzando en la Doctrina Monroe y concluyendo en los juicios de Nuremberg, pasando por la primera posguerra y los fallidos intentos del Protocolo de Ginebra y la Sociedad Naciones. En esta misma línea schmittiana, yo agregaría la consolidación del Nomos de la política internacional a partir del fin del orden bipolar (de facto) y la transformación política y económica de la URSS, a través de Glasnost y Perestroika. Señalo esto porque es el momento en que el Nomos se transforma en global, en un Nomos total y totalitario sin premisas antitéticas que lo cuestionen. Paradójicamente razón misma de su cuestionamiento.

“El Nomos”, comienza Schmitt el cuarto apartado de la obra mencionada, “es la palabra griega que indica la primera medida de todas las medidas subsecuentes, así como la primera partición, clasificación y apropiación del espacio, la primera división y distribución”[1]. Es decir, los conceptos que sostienen las afirmaciones, ideas, políticas y marcos referenciales –políticos, jurídicos o morales- así como normatividades e incluso aspiraciones legítimas. Partiendo de esto, Schmitt profundiza en la explicación, articulación y conceptualización de su Nomos, al rastrear su acepción como ley, como ordenador y como fundamento del proceso distributivo y organizador del espacio. De tal forma puede decirse que el Nomos –en las relaciones internacionales- es el marco normativo e ideológico que delimita y da forma –guía el sentido- de las relaciones entre los Estados y al interior de ellos en realidad.

Según el análisis schmittiano, el reordenamiento jurídico-político de la primera posguerra resultó en el colapso del dominio internacional europeo y el ascenso de un nuevo Nomos, dirigido por el imperialismo económico anglosajón –i. e. Inglaterra y Estados Unidos- mediante la juridificación de las relaciones internacionales[2]. El objetivo de esto, señala el jurista de Plettenberg, sería la legitimación del problemático status quo resultante del Tratado de Versalles y la creación de un Nomos, un orden internacional favorable a la expansión imperial estadounidense y británica.

Como resultado de este nuevo orden, conceptos como soberanía, libertad, independencia y autodeterminación perdieron significado práctico, ya que se volvió permisible –legal y moralmente- la intervención política, militar o económica cuando intereses de alguna potencia estuvieran amenazados; sustentando su decisión en la seguridad o el orden internacionales o regionales y no en (e. g.) derechos humanos o inclusive la promoción de la democracia. Argumentos que si bien visten las intervenciones con ropajes de legitimidad, no han justificado per se operación alguna. A pesar del compromiso con su promoción a fin alcanzar la paz mundial y mayor estabilidad para los negocios como lo expresaran en su momento Woodrow Wilson, Franklin D. Roosevelt o George H. W. Bush.

La transformación del Orden internacional y del Nomos sería dramática para Schmitt ya que por un lado moralizaba la guerra al clasificarla como justa e injusta, lo que se traducía en distinguir a los actores en justicieros y criminales, haciendo de la guerra un acto mucho más agresivo. Situación que se agravaría, como el mismo autor señala, cuando se utilizan conceptos como humanidad o Bien a fin de legitimar una acción militar (imperial) pues establece implícitamente la necesidad de exterminar al enemigo. La guerra es, recuerda Schmitt, junto con la diplomacia una vía legítima de relación entre Estados soberanos, por lo que al criminalizar el acto uno de ellos –el agresor- pierde su status soberano, pierden la condición de equidad legal y moralmente. ¿Qué obligación se tiene ante un criminal? Se pregunta retóricamente el jurista alemán.

“La guerra entre Estados que se reconocen mutuamente como soberanos y que practican –y ejercen- el jus belli con respecto al otro”, defiende Schmitt este derecho fundamental del Estado en el jus publicum europaeum, “no puede ser un crimen, al menos no, en el sentido criminal de la palabra”. Y advierte, “mientras esté en efecto el concepto del justus hostis, la guerra entre Estados no puede ser criminalizada y el término de crímenes de guerra no puede significar que la guerra como tal sea un crimen”[3].

El cambio en la concepción de la guerra fue un aspecto central en la creación del nuevo Nomos pues no sólo distinguía a los Estados en criminales y justicieros –diferenciándolos así moralmente- sino que relacionaba con dicha distinción conceptos como democracia, libertad y paz, convirtiéndose así también en valores de la política internacional. De este modo cabría cuestionarse qué papel juega o qué margen tiene la autodeterminación de los Pueblos –en realidad gobiernos- y la soberanía, si sólo hay ciertas opciones permitidas o aceptadas.

Durante la Guerra fría había la posibilidad de disentir hasta cierto punto de las ideas del Nomos, pero en la posguerra fría dicha opción era mucho más limitada. La democracia liberal, corazón del soft power estadounidense (prestigio, diría Reinhold Niebuhr), era la única opción para alcanzar la libertad, la paz y el progreso. Así lo expresó Mijkhail Gorbachov ante las Naciones Unidas: “la libertad de elección”, valor fundacional de la democracia de Mercado estadounidense, “debe ser universalmente reconocida y obligatoria, lo que implica la renuncia a todo intento por imponer una forma propia de democracia y el reconocimiento de una unidad en la diversidad para lograr la paz mundial”[4]. Eso refleja el Nomos demoliberal totalitario, defendido por su otrora Némesis.

En sus veinte páginas destinadas al análisis inicial del nuevo Nomos y la cuestión de la guerra, Schmitt señala que lo importante no es sólo la nueva concepción de la guerra, sino quién decide en última instancia sobre el status justo o no de la agresión. ¿Cuáles son los hechos del crimen? ¿Quién es el criminal? ¿Quién reclama el hecho? ¿Quién es el demandante? ¿Quién es el defendido? ¿Qué o quiénes componen la Corte? ¿En nombre de quién o de qué se presta juramento? Y sobre todo ¿quién es el Juez?[5] Así expresa Carl Schmitt su preocupación por lo más relevante en derecho y en política, quién decide en última instancia y no sólo qué establece la norma, pues lo que le da contenido a la ley es su aplicación y no la redacción de la misma.

Acera de la importancia de quién decide, quién da contenido y sentido a los conceptos jurídicos que dan cause a la conflictividad política, Schmitt hace referencia al nuevo tipo de imperialismo emergente desde la primera posguerra, al establecer que “un significado histórico de imperialismo no es sólo o esencialmente panoplia militar y marítima; no es sólo prosperidad económica y financiera, sino también la habilidad de determinar por sí solo el contenido de conceptos legales y políticos…Una nación es conquistada principalmente cuando adopta un vocabulario extranjero, un concepto ajeno del derecho, especialmente el derecho internacional[6]. Este nuevo imperialismo, entonces, buscaba la legalidad y legitimidad internacionales a fin de maniobrar con mayor facilidad y defender sus intereses con el respaldo o permisividad del derecho y la comunidad internacional, pues en el juez no sólo descansa la certeza legal sino la moral.

Cabe mencionar que ya en la posguerra fría la clase política estadounidense acepta y adopta el concepto imperial para definir su política exterior –tal y como señala Philip Golub en Imperial politics, imperial will and the crisis of US hegemony- pero para desmarcarse de la etiqueta de Imperio, establecen una clara distinción entre Imperio y políticas imperiales. El primero es aquel que controla territorios manteniendo presencia militar y designando gobernadores a fin de mantener la explotación; las segundas, son las que únicamente crean un orden legal conveniente y utilizan la fuerza sólo cuando es necesario. En consecuencia y a fin de limitar –o concentrar- la utilización de sus fuerzas armadas, Washington da impulso a la promoción de la democracia liberal y el combate a gobiernos que entorpecieran tanto el proyecto hegemónico como los intereses corporativos; si es que cabe hacer tal distinción.

La expansión del Nomos demoliberal a escala global gracias al colapso del Bloque socialista e ideología que –no sin profundas contradicciones- representaba, resultó en un totalitarismo que a pocos años del optimismo internacionalista neoliberal anunciado por Fukuyama –que de alguna forma hace recordar la trilogía crolyana de gobierno/nación/empresarios, pero a escala global- el neodemoliberalismo total de Gorbachev o de la New Athenian Age of Democracy de Al Gore, ya daba a conocer las tinieblas en las que descansaban los Children of the Light, apólogos y promotores de una contradictoria, pragmática y vacía democracia.

Mucho se cuestionó y hasta se ridiculizó El fin de la historia anunciado por Francis Fukuyama en The National Interest apenas en los albores de la posguerra fría (1989); sin embargo, el triunfo de la democracia liberal sobre el socialismo otorgó a aquella un papel central –eje, acaso- en el orden internacional y en el Nomos que daba lugar a una nueva etapa de la hegemonía estadounidense. En el Nuevo Orden Mundial la democracia liberal era el único modelo viable para revertir las insatisfacciones políticas, sociales y hasta económicas, lo que sería aprovechado por estadistas y académicos del Mundo libre. Poco importaba en ese momento una definición compartida del modelo democrático en expansión, de los valores que nos representaban, de las condiciones políticas, sociales y económicas que configurarían la política internacional del siglo XXI; lo que es comprensible dada la borrachera pacifista y universalista que envolvía el fin de la amenaza nuclear –paz que jamás llegó.
Esta nueva arquitectura de la política internacional construida desde sus cimientos, resultaría en lo que llaman Michael Hardt y Antonio Negri la nueva forma imperial. Un Imperio sin centro, desterritorializado, con identidades híbridas, jerarquías flexibles e intercambios plurales; de fronteras abiertas y en expansión (frontier); un gobierno del mundo civilizado; un imperio de la continuidad perenne posmoderna; un imperio que no sólo llega a la recámara, sino que pretende regular las interacciones humanas y la naturaleza humana misma; un imperio del biopoder, un imperio total a través del Mercado y la libertad dirigida, simulada[7].


[1] Carl Schmitt, Nomos of the Earth, in the internacional Law of the Jus Publicum Europaeum, Telos, New York, 2003, p. 67.
[2] Aunque Schmitt centra su análisis en la influencia estadounidense en el reordenamiento de la primera posguerra, rastrea la influencia de los EEUU en el nomos de la tierra en dos momentos anteriores: la enunciación de la Doctrina Monroe y la Conferencia del Congo en Berlín. Con referencia al primero, resalta que EEUU se erige como el hegemón continental creando –soberanamente- un orden jurídico-político unilateralmente. Dejando a su discreción, clasificación y consecuente decisión, las relaciones entre Estados europeos y americanos. En cuanto al segundo, Schmitt subraya el impacto al orden jurídico internacional –europeo- al reconocer a la Sociedad Internacional del Congo, que no era un Estado. En el Acta del Congo –documento resultante del Congreso del Congo- se establecían las condiciones para apropiarse de territorio africano, no perteneciente a algún Estado (europeo), así como obligaciones que acompañaban la ocupación. Ambos acontecimientos, ponían en entredicho el dominio factual de Europa en las relaciones internacionales. Carl Schmitt, ibidem, pp. 217-219.
[3] Carl Schmitt, Nomos of the Earth, pp. 260-261.
[4] Citado por Mónica González, La Guerra fría y el Nuevo Orden Mundial: conflictos, seguridad y paz internacional (tesis doctoral FCPyS, UNAM), México 2000, p, 568.
[5] Carl Schmitt, Nomos of the Earth, p. 260.
[6] Carl Schmitt, Positionen und Begriffe, citado por Gary. L. Ulmen, en la introducción de Nomos of the Earth, pp. 18-19; y en Carl Schmitt, El imperialismo moderno y el derecho internacional público (1932), en Carl Schmitt, teólogo de la política, compilado por Héctor Orestes Aguilar, FCE, México 2001, pp. 112-113.
[7] Michael Hardt y Antonio Negri, Imperio, Paidós, Buenos Aires 2002, pp. 15-17.