miércoles, octubre 03, 2012

Sobre la Reforma Laboral



Por Amando Basurto-

La cámara de diputados aprobó la Reforma Laboral la semana pasada, aquélla que según algunos aumentará el empleo y la competitividad económica del país, pero que otros acusan de catastrófica para los derechos de los trabajadores. Tanto se ha escrito al respecto que no creo que valga la pena repetir aquí un análisis sobre lo terrible o lo benéfica que será la nueva ley. Lo que sí creo que vale la pena es comentar lo que la reforma y la oposición a la misma significan laboral y políticamente.

Habría que iniciar por decir que la reforma, ciertamente, tiene como objetivo hacer más competitivo el mercado laboral y de abatir el desempleo. Esta es la gran promesa incumplida de la administración de Felipe Calderón. También es una de las promesas de la administración que tomará cargo el próximo primero de diciembre. La reforma es, en este sentido, parte del “cumplimiento” tardío o adelantado –según se quiera ver– de vagas promesas de campaña. Sin embargo, esta consideración nos lleva a las siguientes preguntas: ¿será que los mexicanos necesitamos más y no mejores trabajos? ¿será que lo que se necesita es más empleo aunque sea mal remunerado, limitado por corruptelas y charrismos sindicales? ¿a poco la “subcontratación” no será solo un “parche” en la disfuncionalidad contractual de las empresas? ¿a poco las malas condiciones laborales no seguirán aumentando el “empleo informal”? ¿no será que lo que se requiere es mejorar las condiciones laborales, eliminar todos los rastros de discriminación y terminar con los sindicatos corruptos e ineficientes? Entonces, ¿no tendíamos que estar hablando mejor de aumentar la calidad del empleo y no simplemente de abatir el desempleo?

El grave problema para quienes no somos “empresarios empleadores” (si, de esos que no contratan trabajadores para generar ganancia y gastársela sino que son buenos samaritanos que “crean empleo”) es que las políticas laborales en México han estado secuestradas ya sea por los patrones ya sea por los aparatos corporativistas en los que se han convertido muchos sindicatos. También nos encontramos cuasi-maniatados frente a un gobierno que históricamente se ha aliado con los empresarios o se ha coludido con los sindicatos. El colmo es que la “izquierda” tampoco propone un esquema laboral nuevo, en cambio ofrecen una defensa a ultranza incluso de los peores vicios sindicales y una gran incapacidad de actuar sin terminar infructuosamente boicoteando el trabajo legislativo.

Pero el problema no termina con la aprobación de una ley en detrimento de los “derechos históricos” de los trabajadores y a favor de la “competitividad” de todo México, dicha aprobación hace evidentes algunos de los límites “democráticos” de nuestro sistema político. Es cierto que la actividad parlamentaria debe de ser un ejercicio de razonamiento, razonabilidad y convencimiento de aquellos que defienden intereses diversos y tienen una opinión distinta. Sin embargo, en un sistema partidocrático como el mexicano, las mayorías legislativas pueden escuchar pero no necesariamente tomar en cuenta los razonamientos de las minorías. Y no es que las “izquierdas” en este caso hayan manifestado un caso inteligente o de manera inteligente, sino que aunque hubiesen presentado razones claras y contundentes en contra de la propuesta de reforma estas evidentemente no serían suficientes para cambiar el resultado. Una vez que la mayoría, en este caso del PRI y del PAN, se ha puesto de acuerdo es casi imposible convencer a un numero de ellos de cambiar de opinión de manera que revierta la tendencia de una votación.

La reforma laboral, entonces, puede acabar siendo no sólo un revés para las condiciones laborales de los mexicanos, sino también una grave muestra de la disfuncionalidad política del parlamentarismo en el Congreso. Esta disfuncionalidad podría traducirse en conflictos laborales incapaces de ser dirimidos en las caducas juntas de conciliación y arbitraje o en la simple aceptación, por parte de todos nosotros, del alto costo que suponen las nuevas condiciones laborales que se requieren para aumentar “la competitividad” de esas empresas que “tanto han dado a nuestro país”.

jueves, septiembre 20, 2012

Entre Septiembre negro y la Sorpresa de Octubre

Por Miguel Ángel Valenzuela Shelley


A menos de 50 días de la elección, las campañas del Presidente Barack Obama y el ex Gobernador Mitt Romney luchan por convencer a un electorado que duda de ambos. Los estados que aún no definen el sentido de su voto y que serán –algunos de ellos- los fieles de la balanza en la elección general del martes 6 de noviembre, están siendo el centro de atención tanto de las campañas como de los distintos comités de acción política (PAC’s, Súper PAC’s y grupos 527) que operan la propaganda y la guerra sucia localmente. La campaña de Romney se encuentra inmersa en un muy oscuro septiembre negro derivado de varios desatinos –errores estratégicos, comentarios inadecuados y filtraciones- que lo coloca en un escenario cada vez más complicado frente al Presidente Obama. Sin embargo, la moneda sigue en el aire, pues ambas campañas están aún a la espera de la Sorpresa de Octubre; un acontecimiento inesperado de política interna o internacional que define la elección de último momento.

Las Convenciones Nacionales (Republicana y Demócrata) tradicional y lógicamente impulsan al candidato que acepta la nominación de su partido, volviendo a equilibrarse los números –o a las condiciones a priori aquellas- una vez realizadas ambas Convenciones. En este caso, luego de la reunión Republicana en Tampa Mitt Romney incrementó su números en las encuestas llegando incluso a superar ligera y brevemente a Barack Obama. El escenario se diluyó unos días después al llevarse a cabo el encuentro Demócrata en Charlotte. Elemento clave para el repunte del Presidente Obama no fue su discurso de aceptación, ni el emotivo mensaje de Michelle Obama, o la importante presencia de “Hollywood”, sino el discurso del ex Presidente Bill Clinton, quien convenció a los televidentes y a miles de quienes supieron del mensaje de una u otra manera, de que si bien falta mucho por hacer, el rumbo que siguen los Estados Unidos, es el adecuado.

El impacto del discurso de Bill Clinton es evidente, pues a nivel nacional los electores que consideran que el país va en la dirección correcta aumentaron de Mayo a Agosto en más del 5%. Esto ha sido clave en estados indefinidos –o swing states- y que definirán la elección, como Ohio, Florida y Virginia. En ellos, Obama ha logrado una ventaja sobre Romney de entre 5 y 8, en los tres casos. Esto es clave toda vez que entre los 3 estados suman 60 votos del Colegio electoral, y en caso de que se cumplan los resultados por estados que reflejan las encuestas, la fórmula Obama/Biden necesita 23 votos del Colegio electoral –supuestamente cuentan con 247; esto sin contar Nevada y Colorado, que comienzan a inclinarse hacia el Partido Demócrata. Esto deja ver un escenario muy complicado para la fórmula Republicana (Romney/Ryan), que poco éxito ha tenido tanto para combatir a la Administración Obama como para posicionarse en electorado y en su propio partido.

Los temas de ataque y posicionamiento de Mitt Romney fueron desde un principio la economía y la política exterior; lo que aparentemente fortalecería su compañero de fórmula (Paul Ryan). De hecho uno de los pocos temas en que Romney superaba a Obama en las encuestas a nivel nacional, era la economía; los electores percibían al ex Gobernador como mejor preparado para enfrentar las dificultades económicas. Sin embargo los entuertos no se hicieron esperar, particularmente a partir del discurso del Representante por Wisconsin, Paul Ryan, en que aceptó la candidatura a la Vicepresidencia. Pero en las últimas semanas una serie de errores, desatinos e imprudencias eliminaron la ventaja de Romney en el tema económico, e incrementaron la ventaja de Obama en política exterior.

Las propuestas Republicana en política exterior ha estado claramente influida por los neoconservadores y su enfoque Cruzado; el poder disuade, el poder es para incrementar el poder, el poder se aprovecha, el poder obliga, el poder sirve para moldear el mundo de acuerdo a las necesidades. Estas posturas han sido claras e implícitas en la plataforma de Mitt Romney, al señalar a Rusia, China, Irán y Corea del Norte, como enemigos de los Estados Unidos, siendo el poder duro y no el suave lo que debe predominar en la estrategia de política exterior de los EEUU. Pero luego de los ataques a las embajadas estadounidenses –y algunos negocios como KFC- en Inglaterra, Alemania, Siria, Egipto, Israel, Turquía, Irán, Irak, Sudán, Libia, Yemen, Afganistán, Pakistán, Líbano, Túnez, Bahrein, India, Bangladesh, Malasia e Indonesia, Romney criticó la política de Obama en la región, acusándolo o haciéndolo responsable de los ataques y las vidas perdidas en ellos. Los señalamientos del candidato presidencial del GOP –como se le conoce al Partido Republicano- fueron duramente criticados tanto por la población como diversos analistas políticos; incluso miembros del Partido Republicano, como John McCain, reprobaron el golpe bajo de Mitt Romney, subrayando que si bien la política de la Administración es cuestionable, es momento de rezar por las almas de los fallecidos y respaldar al Presidente.

Uno de los principales problemas de Romney ha sido que es percibido como un político originado en la élite económica, muy lejano a la realidad del estadounidense común; en consecuencia no conecta con el grueso del electorado. Por ello es que parte fundamental de la estrategia de campaña –lo que se estableció claramente en los discursos que le precedieron en la Convención Nacional Republicana- era crear una imagen de Mitt Romney como un ejemplo de la Promesa Americana; al menos de tercera generación. Pero el video que se filtró esta semana en que el candidato comenta en un evento de recaudación de fondos que “47% de los estadounidenses dependen del gobierno, y creen que tienen derecho a salud, educación y vivienda”, aclarando además que “ocuparse de ellos, no era su trabajo”, poco ayuda a la imagen del Romney cercano y sensible a las necesidades de la gente. A estos gazapos habría que añadir por ejemplo, las constantes quejas de importantes donadores a la Campaña Romney/Ryan, con respecto a su Coordinador de fundraising, Stu Stevens, por no atender las necesidades de los donadores. ¿A qué se referirán?

El Septiembre negro de la Campaña de Romney ha ayudado al Presidente Obama a obtener ventaja en estados indecisos que podrían definir la elección, pero falta historia por escribir; no sólo la Sorpresa de Octubre, sino los debates presidenciales que comienzan el 3 de Octubre. Los retos se acumulan para Romney; recuperar el tema económico, posicionarse en política exterior, obtener votos de minorías clave, como las mujeres y los latinos. La comunidad LGBQT y afroamericana, son misión imposible.

lunes, septiembre 10, 2012

El factor “López Obrador” y las izquierdas en México


Por Amando Basurto-

Tras el discurso de Andrés Manuel López Obrador en el mitin del día ayer en la Plaza de la Constitución de la Ciudad de México, vale la pena pensar lo que su escisión con los partidos del Movimiento Progresista significa y significará en un futuro cercano. Sin embargo, un análisis así admitiría el status quo de “las izquierdas” en México en vez de cuestionar críticamente qué significa ser de izquierda en nuestro país.

Desde sus antecedentes Jacobinos, la “izquierda” ha sido una denominación política poco clara y por ello mudable. El origen de la palabra se remonta a la Francia revolucionaria del siglo XVIII y se refería a la posición que (en los Estados Generales y luego en la Asamblea Nacional) tomaron los más radicales defensores de la República (los Jacobinos). El Reino de Terror instaurado por Maximilien Robespierre dotará de un específico carácter de “violento” al concepto de “izquierda”. Más tarde, los rasgos “radical y violento” fueron reforzados al denominar a todo movimiento Socialista y Comunista como de “izquierda”. Finalmente, “la izquierda” ha sido utilizada para etiquetar a los anti-conservadores de todo tipo (incluso a los liberales demócratas como Barack Obama en los Estados Unidos).

Pero, ¿qué significa ser de izquierda hoy en México? No significa, de seguro, un antimonarquismo radical (eso lo eran algunos miembros de las fuerzas insurgentes independentistas a principio del siglo XIX). Tampoco significa ser simplemente “radical”, porque en todo esquema político hay tanto radicales de derecha como de izquierda (radical es sólo una posición relativa y no requiere ser violenta). Mucho menos significa ser Socialista o Comunista; o ¿acaso creemos que Cuauhtémoc Cárdenas, López Obrador, Jesús Sambrano, o Dolores Padierna son Comunistas? Entonces, ¿son anti-conservadores? ¿Cómo se puede ser anti-conservador si en su discurso representan viejas formas de corporativismo estatal que fueron práctica común en el México de la década de los 50?

¿Ser de izquierda en México significa ser “progresista”? ¿Liberal? ¿Ultraliberal? ¿Estar en contra del poder del clero y de la concentración del poder en un solo nivel de gobierno? ¿Es estar a favor de la defensa de los Derechos Humanos? ¿Es una posición de gobierno o sólo se puede ejercer desde la oposición? Tal vez, en México, no se pueda ejercer ni desde el gobierno ni desde la oposición porque en ambos casos se está limitado a los límites institucionales y a las componendas de partido. ¿Será que sólo se puede ser de izquierda de manera constructiva y sin ataduras corporativas desde la sociedad civil?

Estas preguntas vienen a colación de que el “izquierdoso más peligroso de y para México” ha decidido separarse de los partidos del Movimiento Progresista. López Obrador hecho pública su voluntad de proseguir con su papel de “luchador social” fuera de la vida partidista. Por lo menos hasta que los congresos de MoReNa no decidan que intentarán constituirse como partido político.

Por un lado, la separación de López Obrador del Movimiento Progresista es una buena noticia en lo general. No sólo porque abre la posibilidad, como dijo Jesús Ortega, de que se termine la “esquizofrenia” de la izquierda; y digo posibilidad porque el ex-dirigente del Partido de la Revolución Democrática parece sobrevaluar la figura de López Obrador y menospreciar la gran aportación “esquizofrénica” de las tribus al interior del PRD y de la pluralidad que representan “las izquierdas”. De hecho, al contrario, si MoReNa se constituyese como partido político, el primero de los efectos sería una mayor esquizofrenia y una potencialmente mayor fractura entre las izquierdas. Por desgracia las batallas campales las acabará pagando la ciudadanía; especialmente la sociedad civil organizada podría encontrar los espacios de negociación copados y/o ya muy repartidos.

Pero, ¿qué sucede si MoReNa se mantiene como organización civil? Es difícil predecir con certeza porque nunca ha habido en México una organización de este tipo tan grande y organizada (y tampoco una organización así de popular y previamente ordenada se ha convertido en un partido político nunca). Dos cosas podrían suceder: si López Obrador no renuncia a liderar a la organización, su peso político se podría convertir en un lastre para otras organizaciones civiles. Cancelando así la posibilidad de que la izquierda constructiva se desarrolle desde este ámbito. Por el otro lado, si López Obrador renuncia a dirigir MoReNa y permite la habilitación de espacios para la generación de cuadros a nivel local, con objetivos locales y estatales, que permitan su articulación con otras organización civiles en luchas específicas, entonces MoReNa puede convertirse en un motor de la movilización política en México. Para ello, hay que insistir, los miembros de MoReNa tendrían que renunciar al protagonismo y al caudillismo.

Difícil tarea pues la de definir a la izquierda en México. Aún más difícil será para los que se denominan de izquierda reconstituirse no sólo como una alternativa viable no de gobierno, sino como una alternativa viable y constructiva de acción desde la sociedad civil.